sábado, 25 de marzo de 2017

Siete años sin el gran Burke



Esta semana hubiera cumplido 77 años el gran Burke.
Para muchos, la muerte del gran cantante de Soul, Salomon Burke, fue la lacerada muerte de una parte de nuestros recuerdos, de un golpe seco en nuestro imaginario, como cuando cayeron Enrique Urquijo o Antonio Vega.
Su vida había deambulado por caminos de tierra, y hasta de lodo, en una tendencia a lo obscenamente desmesurado, que se hizo en su día muy palpable en Elvis. Pero su oronda figura no ocultaba su genio, aun intacto, e incapaz de defraudar a cualquier amante de la música, no del ruido, que es lo que prima en las nuevas figuritas.
Excentricidades a parte, Burke seguía siendo el sello y bandera de los años dorados de la música soul, un genio consagrado gracias a sus cualidades vocales y su obra, todo un monumento a los sentimientos y a la fuerza y el coraje de la música negra.
Socarrón y sublime, exquisito como un manjar, Burke poseía facultades vocales al alcance de nadie, lo que le permitía llevar a cabo interpretaciones plenas de clase, llenas de pasión y exultantes de vitalidad. Había sido un pionero del soul, creando un cancionero de autentica leyenda, que había despertado sentimientos intensos, aunque encontrados, en el mercado musical (que palabra más fea). Nunca alcanzó el renombre ni el aplauso de los mas media, que obtuvieron otros, con quizá menos talento, como Sam Cooke, Otis Redding, James Brown o Wilson Pickett. Aunque sus últimos años habían sido testigos de un cierto reconocimiento, forzado por el homenaje, partitura en mano, de gentes como Bob Dylan, Van Morrison, Tom Waits, Elvis Costello, Brian Wilson o Nick Lowe, que habían hecho suyas, algunas de sus músicas.
Burke había nacido en Filadelfia en 1940, en una familia marcada por la marcha de su padre, y la presencia de un padrastro mediocre. Su abuela Elanor era quien, de verdad, se había hecho cargo de su educación, introduciéndole en el mundo de las iglesias evangélicas, un submundo tenebroso, pero muy musical, de la mano de la United House of Prayer For All People. Los avatares de la religión americana habían llevado a esa mujer a crear su propia iglesia, y a nombrar a su nieto sacerdote de la misma. Una circunstancia que marcaría su vida, y de que forma.


Con doce años, dirigía el coro de gospel de su iglesia y un programa de radio que, bajo el nombre del Templo de Solomon, sería la plataforma de sus composiciones. La historia se completa, como podéis comprender, con el típico cazatalentos, Bess Berman, que tanto oír la radio, reparo en las grandes cualidades del joven músico. Su carrera en la Apollo Records, uno de los templos del R&B fue fulgurante, con éxitos como Christmas Presents From Heaven (en honor a su abuela) o You Can Run But You Can´t Hide.
Tras los primeros éxitos, y mal aconsejado decidió abandonar Apollo, lo que le abrió las puertas de la miseria, el vaganbudeó y el abandono. Pero en 1959 su estrella volvió a brillar, Atlantic Records, el sello de Ray Charles y Bobby Darin, le ficho, dando paso a la época en que Burke definiría su estilo y alcanzaria la plenitud.
Éxitos como, Just Out Of Reach, Cry to me o Everybody Needs Somebody To Love le convertirían para público y crítica en el Rey del Rock’n’Soul, haciendo de él la leyenda viva y el referente de la música negra en los sesenta. Y también un ícono político. Su contacto con Nina Simone y con Martin Luther King, le harían parir uno de sus grandes clásico, “I Have A Dream”, y una nueva banda Soul Clan, dedicada a difundir la conciencia negra.
Pero los tiempos cambian, y la música negra ortodoxa encontraría su tumba en los nuevos sonidos funk, macarrillas y discotequeros de los años siguientes. Burke se había quedado anticuado.
Burke volvía a la iglesia, y a su familia, rompiendo su silencio solo para memorables actuaciones en los pequeños circuitos del blues. Y un pesado velo le cubrió. Un detalle, que esta semana recordaba Fernando Navarro, pese a ser el autor de la canción principal de la película “Granujas a todo ritmo”, una oda a la música negra, ni tan siquiera aparece en los títulos de crédito, algunos creían, incluso, que había muerto.
Cuando en 2002, el gran Burke, con sus más de doscientos kilos reapareció con “Don’t Give Up On Me”, un álbum donde recrea composiciones de Bob Dylan, Van Morrison o Tom Waits, el mundo de la música se dispuso a rendirle pleitesía, y pedirle, por favor, que girase en torno al mundo para darnos de nuevo su luz.
Sus conciertos se convirtieron en memorables, con el gran Burke sentado en un trono, con capa y corona, hablando con el público, regalando rosas e interpretando como nadie composiciones clásicas, arropado por una gran banda compuesta por sus familiares. Todo un show americano.
Hoy nos hemos quedado para siempre sin aquellos momentos, esos retazos de música en los que muchos hemos visto como su mirada intensa y sus labios profundos transformaban a las personas, calando en los más profundo de nuestro ser, haciéndonos sentir la fuerza y la ensoñación, de la música.
Nos veremos en el cielo Gran Burke.



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