martes, 21 de marzo de 2017

Habibo se muere



Se llama Habibo, es somalí, tiene un año, pesa sólo seis kilos y está prácticamente ciega a causa de la malnutrición. Su vida, si es tal, se arrastra entre tinieblas en un campamento de Médicos Sin Fronteras en la localidad keniata de Dabaab, a 80 kilómetros de la frontera con Somalia.

Con todo, Habibo es una niña con suerte, miles de niños de parecida “fortuna”, ni tan siquiera han podido llegar hasta aquí y han muerto por el camino.
Su ceguera trae causa de la carencia de vitamina A, lo que ha dañado irreparablemente sus ojos. Pero ni siquiera llora por eso. El hambre la produce unos cólicos terribles, que a penas su madre Marwo Maalin, con tan solo una caricia como consuelo, puede calmar. “Mi hija está gravemente enferma, y su padre se ha tenido que quedar en Somalia. Rezo para que salga de esta. De todas formas no puedo hacer gran cosa. Está en manos de Dios”, relataba hace unos días a unos periodistas de Reuters, desplazados a la zona, para hacer poco más de testigos de la muerte. 

En el momento de escribir este obituario, la hambruna amenaza a 14 millones de personas en el Cuerno de África, extendiéndose como una nube de langosta por Sudán y Uganda.

“La situación va a empeorar si la comunidad internacional no acude en ayuda de las personas afectadas. Sabemos que ya hay cien niños que mueren todos los días en Somalia, pero esta cifra puede aumentar”, relataba hace unos días Tidhar Wald, de OXFAM Internacional.

En el lado opuesto de este infierno, unos cuantos miles han huido al norte, hacia Mogadiscio, la otrora bella perla del Índico, y hoy un tétrico espacio de guerra, disputado, en sus migajas, por milicias, terroristas y gobiernos de cartón piedra. A ella llegan cada día miles de hambrientos, buscando, entre balas perdidas, los centros de distribución de alimentos de las heroicas ONG que se desenvuelven entre las ruinas. Pero pese a su trabajo, y como decía, hace unos días la directora ejecutiva del Programa Alimentario Mundial, Josette Sheeran, dos millones de personas sin ayuda. “Necesitan alimentos con suplementos energéticos en enormes cantidades en las zonas a las que no han conseguido acceder, es decir, mayoritariamente en el sur de Somalia donde la población está más debilitada. Tenemos que centrarnos en esa zona”, se desgañitaba esta semana ante quien la quisiera oír, a la luz de lo que ocurre, muy pocos.

En el sur, controlado por los islamistas de Al Chabaad, cercanos a Al Qaeda, su prohibición de reparto de ayuda y de intervención extranjera, allana el camino a la muerte. Como en el norte, pero por otras causas y sin razones.

La humanidad sigue diezmándose, y la cordura extinguiéndose. Y no por la maldad de la naturaleza, ni por una maldición divina, que no hay dios que quiera tan horror, sino por nosotros.


Seguro que muchos ya están preparando sus vacaciones de semana santa, cientos de de brokers y comerciantes discutirán sobre deudas y bonos, intentando arañar beneficios en cualquier mercado, y decenas de políticos, y no solo en España, lucharán enconadamente por un trocito de poder. Entre sus gritos, de poder, ambición y rezo, apenas sobresaldrá un llanto, el de Habibo, una muerta de hambre, reo de nuestra falta de humanidad.

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