sábado, 29 de noviembre de 2025

¡ Viva la escuela moderna!


Francisco Ferrer Guardia nació el 14 de enero de 1859 en Alella, un pequeño municipio cercano a Barcelona, en el seno de una familia campesina profundamente católica. Desde joven, sin embargo, Ferrer se mostró inclinado hacia posiciones críticas con la institución eclesiástica y el orden social de la época. Tras trabajar como aprendiz de comerciante y posteriormente como empleado ferroviario, sus ideas republicanas lo llevaron a ser destituido y perseguido políticamente. Fue entonces cuando marchó a Francia, país donde residiría largos periodos y donde se consolidaría como pensador, pedagogo y militante del librepensamiento.

En París encontró un ambiente intelectual más abierto y receptivo a las corrientes racionalistas y laicas que comenzaban a cuestionar la educación tradicional europea. Allí trabajó como profesor de español, se relacionó con exiliados y pensadores progresistas del continente y empezó a construir una visión educativa profundamente renovadora. Convencido de que la transformación social debía partir de la escuela, Ferrer se propuso crear un modelo pedagógico que emancipara al individuo de los dogmas religiosos, las jerarquías autoritarias y la ignorancia que, en su opinión, sostenían las desigualdades sociales.

Tras reunir apoyos económicos y consolidar sus ideas, Ferrer regresó a Barcelona en 1901 para fundar su proyecto más emblemático: la Escuela Moderna. El centro abrió sus puertas el 8 de septiembre de ese mismo año con el objetivo de ofrecer una educación racionalista, científica y coeducativa, algo profundamente revolucionario en la España de comienzos del siglo XX. La Escuela Moderna rechazaba frontalmente el adoctrinamiento religioso, la memorización mecánica y los castigos físicos. En su lugar, proponía una enseñanza basada en la observación directa, el contacto con la naturaleza, la experimentación y el pensamiento crítico.

Ferrer consideraba que la educación debía preparar a los niños para comprender el mundo por sí mismos, y que solo una sociedad instruida y libre podría romper con la opresión. Publicó manuales, promovió excursiones escolares, conferencias y actividades culturales, y estableció una editorial propia destinada a difundir textos científicos y laicos. Bajo su liderazgo, la Escuela Moderna no tardó en convertirse en un referente para sectores progresistas, obreros y anarquistas, que vieron en su propuesta una vía para la emancipación social. Su influencia se expandió más allá de Barcelona y surgieron escuelas inspiradas en su modelo tanto en España como en el extranjero.

Sin embargo, la notoriedad de Ferrer también incrementó la desconfianza de las autoridades conservadoras y eclesiásticas, que lo acusaban de promover el anticlericalismo y el desorden social. En un país profundamente polarizado, su figura se convirtió en un símbolo tanto para sus partidarios como para sus detractores. En 1906 fue injustamente encarcelado bajo acusación de haber participado en un atentado contra el rey Alfonso XIII, aunque finalmente fue absuelto por falta de pruebas. Este episodio no hizo sino reforzar su fama internacional como defensor de la libertad de pensamiento.

La culminación de su tragedia personal llegó en 1909, durante los acontecimientos conocidos como la Semana Trágica. Ese verano, Barcelona se vio sacudida por protestas masivas contra el envío de reservistas a la guerra de Marruecos. Las manifestaciones derivaron en disturbios violentos y en una oleada de anticlericalismo que provocó la quema de numerosos conventos y edificios religiosos. Aunque no existen evidencias de que Ferrer organizara o dirigiera los sucesos, su nombre apareció rápidamente en los informes policiales y en la prensa conservadora, que lo señalaban como agitador intelectual del movimiento.

El gobierno de Antonio Maura, decidido a dar un escarmiento, ordenó su detención y lo sometió a un consejo de guerra plagado de irregularidades. A pesar de la falta de pruebas sólidas, Ferrer fue declarado culpable de incitar a la rebelión. El 13 de octubre de 1909, fue fusilado en el castillo de Montjuïc. Su muerte provocó una ola de indignación internacional: intelectuales, políticos y movimientos obreros de Europa y América denunciaron el proceso como una ejecución política destinada a silenciar a un pedagogo incómodo para el poder.

Pese a su trágico final, el legado de Francisco Ferrer Guardia perduró a través de las numerosas escuelas libertarias que adoptaron sus principios pedagógicos. Su proyecto de una educación libre, racional y laica influyó profundamente en el movimiento obrero europeo y en corrientes progresistas del siglo XX. Hoy, su figura es recordada como la de un educador visionario que vio en la enseñanza no solo una herramienta académica, sino un instrumento de liberación moral y social.

Fuentes consultadas:

  • Ferrer Guardia, Francisco. La Escuela Moderna. Ediciones originales y reediciones contemporáneas.

  • García, Antonio. La pedagogía libertaria en España. Madrid: Editorial Popular.

  • Avrich, Paul. The Modern School Movement. Princeton University Press.

  • Balcells, Albert. La Semana Trágica. Barcelona: Edicions 62.

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