domingo, 30 de noviembre de 2025

Anatomia de una chistorra


Si algo caracteriza a la fauna política española —además de su capacidad para inaugurar rotondas incluso donde no hay carreteras— es ese misterioso magnetismo que algunos sienten por los sobres, los maletines, los contratos sospechosamente amables y, en general, por cualquier objeto que huela vagamente a dinero fácil. Es como si hubieran confundido la vocación pública con un escape room donde la misión consiste en salir con el mayor número de billetes sin que nadie te pille… cosa que, como sabemos, rara vez consiguen.

La historia reciente nos ha regalado episodios dignos de una tragicomedia. Por ejemplo, el caso Ábalos y su antiguo colaborador Koldo, una saga que parece escrita por un guionista que cobra por giro inesperado. Todo empezó como una discreta trama de contratos de emergencia durante la pandemia, pero acabó en una secuela que nadie pidió, con Koldo García convirtiéndose en protagonista involuntario de los titulares, mientras José Luis Ábalos trataba de demostrar que no, que él pasaba por ahí, que solo estaba mirando, como quien entra en una tienda de electrodomésticos y dice que no piensa comprar nada.

Y luego está Santos Cerdán, que hizo su aparición estelar en esta novela coral intentando sostener un equilibrio político digno de un funambulista sin red. En esta tragicomedia, cada rueda de prensa parecía un capítulo nuevo, y cada capítulo venía con su propio “continuará”. En España ya no distinguimos si estamos viendo política, una telenovela o un spin-off de La Casa de Papel, pero con menos planificación y más follón.

Pero, claro, estos casos de presunta corrupción —presunta, como les encanta recordar los abogados— no son nada sin ese elemento narrativo esencial que es la cárcel. Y ahí entra en escena uno de los personajes más inolvidables de los últimos tiempos: Francisco Granados, exconsejero madrileño y coprotagonista del caso Púnica. Tan peculiar fue su trayectoria que acabó ingresando en una cárcel… ¡que él mismo había impulsado cuando estaba en el poder!

No todos pueden presumir de semejante coherencia decorativa: “Aquí está la obra que promoví… y aquí estaré yo también, disfrutándola desde dentro”. Un visionario. Un pionero de la política do it yourself. Si hubiese tenido más tiempo quizá habría inaugurado también la puerta de su propia celda y cortado la cinta con unas tijeras institucionales. Eso sí habría sido un final redondo.

La imagen es irresistible: Granados caminando por los pasillos que él mismo ayudó a construir, quizá pensando: “Mira, esto sí que es supervisión de obra a fondo”. Y mientras tanto, los funcionarios comentando la ironía del momento como si fuera una escena extra de una película de Berlanga. España, de hecho, lleva años siendo un magnífico homenaje al espíritu berlanguiano sin que nadie lo haya pedido.

El gran misterio, sin embargo, es por qué ciertos políticos corruptos siempre terminan cayendo. ¿Es el karma? ¿Es la torpeza? ¿Es que el Excel les da alergia? ¿Es la irresistible tentación de dejar pistas tan obvias que ni falta hace el inspector? Probablemente es una mezcla: por un lado están los que creen que lo tienen todo controlado, y por otro, la realidad, que demuestra que la chapuza es nuestro verdadero patrimonio nacional.

Porque, seamos sinceros: si un corrupto español fuera realmente eficiente, nunca nos enteraríamos de nada. Sin embargo, lo que nos encontramos suelen ser chapuzas tan descaradas que uno se pregunta si realmente querían ocultarlo. Si existiera un premio a la mala planificación del delito, tendríamos más galardones que Eurovisión.

Y, por supuesto, cuando todo explota, llegan las declaraciones solemnes: “No sabía nada”, “Me han engañado”, “Confío en la justicia”, “Todo se aclarará”. El bingo de frases que dicen todos, absolutamente todos, sin excepción. El día que un político corrupto salga diciendo “Mire usted, sí, metí la mano donde no debía, lo siento y ya está”, España se paralizará durante tres días y los noticiarios lo repetirán en bucle como si fuera la final del Mundial.

Mientras tanto, el espectáculo continúa. Nuevas investigaciones se abren, antiguos colaboradores reaparecen, algunos niegan, otros murmuran, algunos desaparecen temporalmente, otros reaparecen demasiado pronto. Y los ciudadanos observamos esta tragicomedia nacional como quien mira una serie que no puede abandonar porque, en el fondo, quiere saber quién será el próximo protagonista de la siguiente temporada.

Al final, la inmoralidad política tiene algo de humor involuntario. Es un género propio. Un híbrido entre la picaresca clásica, la incompetencia moderna y la absurda confianza de quienes actúan como si no hubiera cámaras, periodistas ni fiscalía. Pero, por suerte, cuando termina la función, la justicia —aunque tarde— suele aparecer. Y algunos acaban donde nunca pensaron que acabarían… salvo Granados, que al menos pudo disfrutar de su propia obra como huésped VIP.


Imagen The Objective

No hay comentarios:

Comparte en las Redes

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...