viernes, 3 de febrero de 2017

El beso de Judas



Se llama Ramiro. Ahora deambula por el barrio, pero hubo un tiempo en que su andar ligero y su sonrisa celeste hablaban de un triunfador. Hoy nadie daría fe de sus treinta y tantos, con esa mirada difusa, ese caminar desgarbado y esa entremezcla de manos que, nerviosas, te enseñan el padecer de un hombre.


Su historia es breve. Lacerante y vergonzosa, pero breve. Ramiro trabajaba sin descanso en los tiempos menos malos. Con su esfuerzo y la inestimable puñalada de un banco, forjo un pequeño negocio. Compró un camión, algo de herramienta y dio pan a dos hombres más.
Hoy no puede pagar las letras y en días perderá el camión y quizá su casa. Sus hombres ya lo hicieron con su pan.
¿La culpa?, le deben 283.000 euros. Y sin ese dinero ha quebrado, hasta su fe. El taciturno Ramiro, el hombre desquiciado, el que sueña en pie sin encontrar reposo, vive inquieto y desconcertado sin preguntarse en que fallo, ni en que hoyo embarró su ciencia.
Le aturde no saber por que quien le había jurado protegerle, aquel en quien había depositado su fe y su confianza, con engaños, macero su vida.
Ramiro es uno de esos empresarios que tras trabajar para el estado se han quedado perdidos en esa cueva de lobos que llamamos administración. Dos ayuntamientos y un gobierno autónomo son quienes le deben esos 283.000 euros. A sabiendas de que no tenían dinero para afrontar sus gastos los hicieron, algunos ociosos, otros prescindibles, y los más superfluos, pero los hicieron. Y tras ello no le pagaron. Pero si le requieren para pagar los impuestos y tasas que se derivan de haber actuado en el mercado. Un negocio doble. Un robo lícito.

Y es que esas administraciones a las que tachamos de democráticas, encargadas de velar por nuestra seguridad y nuestro provecho, celosas (suponemos) de nuestro bienestar, y representativas de nuestra sociedad y sus ideales, dan la espalda, en ocasiones a esos valores, desprotegen a la sociedad a la que juraron lealtad y, encondidos en un manto de leyes y normas  roban, mienten, pudren, engañan y pervierten los más elementales valores.

En esta sociedad confusa, en la que debemos respirar cada día, las instituciones, especialmente las de más abajo, las más cercanas al pueblo, han pasado de la inacción al derroche, de este al enriquecimiento personal vía administrativa. Luego al despacho alegre de licencias a sabiendas que enterraban los sueños de todos los que han osado comprar un hogar donde, pese a que el alcalde te amparaba, era ilegal. Ahora el robo es más directo. Tu trabajas, pones el material, pagas a tus obreros, adelantas la herramienta y luego ...
No se si es que en ciertos casos es preciso tener carne de chupa sangre para ser político, o es que el poder corrompe, o es que en cada pueblo se elige al más tonto, al mas miserable o al mas manipulable.

Todo en la vida debe tener su ciencia. Para ser representante político te eligen, porque un partido, que es lo único que miramos, te pone ahí, y con eso, la ciencia infusa te inunda, te unge. Y el resto mira, impotente, y tan solo mira.
Cada día la televisión y otros medios nos acercan una realidad plagada de políticos que cometieron un error, calcularon mal un puente, una expropiación, un teatro o una ley. Miles de euros se tiran a la basura, decenas de familias pierden su empleo, su casa es demolida o su negocio quiebra por falta de cobro. Pero nada ocurre. Son inmunes, creo que lo llaman aforamiento.
Mientras la vida es inexorable con los demás mortales, pasa y de paso te pasa su cuchilla, entre las moquetas de la política, nuestras vidas se observan con desdén, con la indiferencia de quien juega con nuestras vidas al monopoly.
Ahora habrá quien dirá que este es el sistema menos imperfecto, cierto. Ramiro no discute de partidos, ni de sistemas políticos.
Solo pide justicia, la misma que sobre él se aplica. Solo pide que quien juro protegerle lo haga, sin que en las idus de marzo, rebuscando un voto, acerque su rostro al suyo, y al descubrir su velo, muestre a Judas.


Imagen Ozan Kofe para AFP



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