sábado, 1 de abril de 2017

41.577

Hace 72 años, los soldados aliados descubrieron Auswitch. Miles son las historias que se publican hoy y que te encogen el alma. Hombres y mujeres atormentados que sobrevivieron y hoy sirven de recuerdo en todos los medios para que, como dijo el rey Felipe VI, esto no ocurra jamás.


De todas esas historias la que más me ha estremecido es la de la ya fallecida Mazaltov Behar Mordoh. Una niña de 17 años, a quien esos tiempos en los que la humanidad pierde su nombre, a punto estuvieron de arrebatar su vida, y casi su dignidad.


Había nacido en Salónica, en los felices veinte y miró el lado blanco de la vida, entre las calles bulliciosas de la Grecia de entreguerras, y los mostradores relucientes de la tienda de sus padres. Nuestra princesa se educo en la bondad, entre los libros que en ladino recordaban como sus antepasados habían perdido su raíz de la mano de la persecución de los Reyes Católicos. Lejos quedaba su pasado español, pero no su cultura, su identidad, ni sus deseos de construir otra vida.


Con doce años, la civilización se hizo añicos. Los nazis invadieron su hogar, devastaron sus sueños y empalaron su alma en un inmundo tren camino de infierno. Una semana de viaje, fue tiempo suficiente para penetrar en una “Divina Comedia”, ausente de palabras. Auschwitz seria su pesadilla en los siguientes años. Cada día bajó un peldaño de la larga escalera que despojaba de humanidad, más a sus carceleros que a ella. Fue separada de sus padres, luego de su grupo, mas tarde de las mujeres, hasta encontrar abrigo en un selecto grupo de vírgenes destinadas a la experimentación genética.


Envuelto su rostro en un velo tejido con una lágrima, Mazaltov visitó Oviedo en 2007, y arropó con su testimonio al entonces Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, Yad Vashem, director el Museo de la Memoria del Holocausto de Jerusalén. “Con 17 años, me colocaron una madera aquí en el estómago, muy ancha y consistente, como una caja, y luego aplicaron la radiación. Tuvieron que pasarse porque me destrozaron también el riñón”. Contaba con cierta dificultad, obligada por la penumbra del recuerdo, a un periodista de “El Pais”. Fue vejada, humillada, asesinada en vida. Pero nadie consiguió arrebatarla su dignidad, ni ensombrecer la virtud de quienes, en lo mas recóndito de su alma, mantuvieron erguida su condición de seres humanos.


 judio-mazaltov



Junto al estudio de los efectos del horror nuclear que se avecinaba, los experimentos que dirigía el medico nazi J.H. Glauber buscaban métodos para hacer inviable la reproducción en las mujeres de las razas “inferiores”.


Solo recordaba del bloque 10, donde vivió en los meses de radiaciones continuas el vomito persistente que quemaba su cuerpo un día tras otro.


Pero la vida no se rinde, y los valores que la sostienen tampoco. Terminado el experimento, el doctor Horst Schumann era el encargado de operar a las pacientes, observar los efectos en sus ovarios y extirparlos. El destino hizo que Schumann delegase esa horrible labor final en un medico judío octogenario. Tumbada en la mesa de operaciones, y con ojos encendidos, imploró a aquel médico que salvara su ovario sano, que le diera la oportunidad de tener hijos y transmitir aquel horror, para que nunca volviera. ¿Sabes que lo que me pides me costará la vida?. Samuel, que ese era su nombre, salvó a aquella niña. Luego le mataron.


Con el fin de la guerra, Mazaltov huyó, atravesó una Silesia nevada, derrotó a su tuberculosis, y tras un arduo peregrinaje por la Europa aliada regresó al principio, a Grecia, donde conocería a quien luego fue su marido, criando ambos a su hijo Samuel, cuyo nombre recuerda a quien cambio su vida por la suya, y con ello salvó su alma.


Mazaltov vivió en Lloret de Mar hasta su muerte en 2012, en un mundo que creyó distinto, alejada de un infierno del que pensaba que solo quedaba una marca a fuego en su brazo, un grabado en su piel que la identificaba como la preso número 41.577.


Quizá tanto dolor debería haber sido suficiente precio para que nuestra civilización, tan pulcra y correcta ella, tan racional y saludable hubiera extirpado de sus entrañas todo aquello que germino de tan antinatural forma en el pasado.


Pero nuestra memoria histórica, la de verdad, es frágil, y suele ser, casi siempre, la antesala del rebrote del horror.


Han pasado 70 años, hemos intentado en este tiempo inculcar el respeto a la vida a generaciones que ni sospechan el dolor de nuestros congéneres en aquellos lejanos días. Ha sido en vano. James Watson, nobel de medicina, y miembro del prestigioso Instituto de investigación de Cold Spring Harbor, cerca de Nueva York, ha afirmado categóricamente que “Nuestras políticas sociales se fundan en el hecho de que la inteligencia de las personas de raza negra es la misma que la nuestra (occidentales blancos), mientras que todas las investigaciones concluyen que en realidad no es así”. Ha dimitido, claro, pero el daño esta hecho. La duda sobre nuestros valores sembrada, el arma intelectual cargada y lista para el disparo contra el diferente.


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Madrid, un miembro de nuestra especie, acecha el domicilio de una familia de Madrid. Tras percatarse de la salida del domicilio de sus padres, y comprobar que su hija, menor de edad, permanece sola, en la puerta de la casa, la empuja, la introduce en la casa y la sodomiza hasta la extenuación, abatida por el pánico y desgarrada por el dolor la menor se desvanece, el sujeto la reanima, consigue que recupere la consciencia y continua con la violación durante varias horas.


Barcelona, un joven barcelonés propina una brutal patada a una menor en el interior de un vagón de metro, la insulta, la humilla y la veja, ante la impávida mirada de un testigo. Tras ello, el agresor se va de copas con los amigos, seguido de una caterva de medios de comunicación que le preguntan insistentemente como se siente. Como una estrella, como se va a sentir. La justicia y la policía tardan en reaccionar casi un día. Y cuando lo hacen mantienen más tiempo en comisaría a la victima y al testigo, repudiado por los vecinos que al agresor. Este sigue hoy de paseo, mostrando palmito ante las cámaras, sin que la justicia haya tenido a bien encarcelarle, o la policía autonómica darle una buena somanta, por cabrón (lo siento), como suelen hacer de vez en cuando en los calabozos de sus comisarías.


Madrid, una encuesta de Antena3 revela que 1 de cada 3 adolescentes españoles consideran normal controlar y dominar a sus parejas femeninas. Así, sin más.


Valencia, el gobierno regional retira la ayuda y la asistencia a un dependiente, porque es un gasto inútil, dado que sus posibilidades de recuperación son casi nulas. Además los padres pueden hacer la rehabilitación, después de tantos años viendo como lo hace un fisioterapeuta.


Y no carguemos contra jueces y similares, que tan solo aplican las leyes que vomitan nuestros legisladores. No solo en ellos descansa la responsabilidad de cuanto nos ocurre. Nadie, o casi, movió un dedo en la Alemania nazi para evitar la descomposición de una civilización que retrocedió hasta el mundo de Hades, cual Hellraiser diseñado por Hollywood. Su sistema educativo, su estructura de valores, su sistema institucional, su judicatura, apenas aguanto el embate de los totalitarismos y de la filosofía de destrucción y anti humanismo que escondía. Hoy todos esos sistemas de valores se resquebrajan. Como en el Munich de 1937, asistimos como usuarios de un video juego al ataque sistemático y, a veces, estudiado contra mujeres, minorías o gentes de bien cuyo pensamiento pone en cuestión la fractura que se crea entre la razón y las practicas cotidianas. Fractura amparada por la irresponsabilidad de quienes deben ejercer una guía moral sobre la civies, y solo muestran la herrumbre de sus rencillas y luchas de poder. Fractura mantenida por una sociedad donde parte de los jóvenes deambulan al margen de los caminos de la ética, en una sociedad, y en una estructura familiar ( o lo que queda de ella) , que ha declinado ejercer la potestad de educar y formar el espíritu de generaciones que, como tribus bárbaras, viven sin criterios, limites, ni proyectos vitales, porque la laxitud del concepto de la aplicación del derecho individual, nos auto justifica la no intervención en sus vidas, la vigilancia de sus peligros y la reconducción de sus conductas, en un hedonismo vital que esta derribando los cimientos de nuestra vida común.


Intocable es la vida disipada de las bandas de adolescentes que mean en nuestros portales, magrean a sus compañeros en la escuela y publican en la red sus fechorías. Intocable es la irresponsabilidad de los políticos que, a sabiendas, conculcan o soslayan la ley, la incumplen con premeditación, so causa de consultar la voz del pueblo, o animan a no proteger el medio natural, por cuanto el alarmismo es un juego fatuo. Intocable es la pasividad de una sociedad que mira a poniente ante cualquier problema y abandona al débil, al compás de un palillo escarbando en sus dientes.


Bonito precio estamos pagando para tener el adosado, la visa, el Carrefour y la semana en Benidorm. Exactamente 41577 lágrimas, y un olvido.

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