jueves, 12 de junio de 2014

El adiós de un Rey



En los últimos tiempos las comparecencias del Rey, casi siempre en boca de sus médicos, se habían convertido en una rutina anodina y de relleno, dentro del melifluo protocolo de nuestra democracia. Hoy el Rey ha transformado su mensaje en la apertura de una puerta a lo desconocido, por más que sepamos lo que va a ocurrir.

Esta vez el Rey no ha dado su versión (casi siempre complaciente) sobre la acción del gobierno, los recortes de rigor, el protagonismo de su familia en el saqueo de las arcas públicas, nuestro papel internacional de comparsa (de la que él ha sido siempre uno de los pocos esforzados en mejorar ese papel). No. Esta vez el Rey ha decidido dejar de luchar contra los elementos (muchos creados por él) y dar paso a un relevo generacional. Caras nuevas, ideas nuevas, formas de hacer nuevas. Con el mismo sistema, la gran crítica que hoy se repite. Y es que para muchos, el descrédito de la institución monárquica es tan profundo, y su complicidad con un sistema político caduco, tan grande, que, sin llegar a los extremos, aun, de la España de 1930, son muchas las voces que reclaman aprovechar el momento para una revisión a fondo de nuestra arquitectura constitucional, para replantearse el sistema. Algo lícito en una democracia. Pero en este país, ya se sabe, solo toca votar cuando te mandan, y para lo que te mandan. Aunque luego con tu voto el poder disponga lo que considere pertinente, aunque no esté  en su programa.

Con todo, pese al morbo que estas situaciones despierta y pese a las ansias republicanas (siempre al quite por más que las urnas den de lado a los partidos que lo defienden) los especiales televisivos de hoy (según un avance de los estudios de medios) no han sido los  más vistos de la tele. Hasta ese nivel de hastío hemos llegado.

Salud y edad al margen, la decisión revela que el procesamiento de Iñaki Urdangarín, y la forma en que este caso afecte a la corona, es un problema más serio de lo que parece. Máxime en un momento en que todo el sistema esta cuestionado. Los partidos, las autonomías, la organización provincial y los poderes del estado en funciones (Tribunal Constitucional, Consejo General del Poder judicial..).

En estos momentos económicos, en los que tanta gente tiene necesidades, esta debilidad de las instituciones es lo último que necesitábamos.

Parte del problema viene de nuestra peculiar transición. Oprimidos en unas circunstancias extremas de paro, reconversión industrial, golpismo y terrorismo, los legisladores constituyentes construyeron el edificio de nuestras actuales libertades, pero con decenas de flecos, de problemas aparcados. Tantos que ya no nos caben debajo de la alfombra. Uno de ellos, y no menor, es la monarquía. La derecha española es mayoritariamente no monárquica. Quedó claro en las cortes de la Segunda República, y antes en la crisis de Isabel II y de Alfonso XIII. La izquierda es públicamente republicana. Muchos con poca convicción, sin saber que significa eso y, en muchos casos, defendiendo una mera pose estética de oposición ante una familia de privilegiados. Pero son públicamente republicanos, eso es lo que cuenta.

El resultado es una simpatía transitoria hacia la figura de Juan Carlos, y una actitud de respeto reverencial e irracional hacia la corona, más basado en el miedo por el que pasará sin ella, o a la necesidad de agradecer los favores prestados al país, que por una convicción. Pero el cuestionamiento está ahí. Y es difícil que un país sobreviva ante tamaño cuestionamiento.

Otra cosa es nuestra capacidad para juzgar a todos por igual. Dos presidentes navarros tuvieron que dimitir por corrupción (Urralburu y Otano), dos están hoy en día imputados (Camps y Matas) y dos mil cargos públicos están acusados y procesados en todo el país (ministros, subsecretarios, consejeros, presidentes autonómicos, alcaldes y hasta concejales). Pero nadie se plantea por ello acabar con ayuntamientos, provincias o autonomías. Como nadie lo hizo en Israel (acabar con la republica) porque su presidente fuera condenado por robo y violación.

Es cierto que el rey cometió un error. Que, como jefe de estado, cuando tuvo conocimiento de las irregularidades de Urdangarín en 2005, debió intervenir de manera oficial, no privadamente, mediante un asesor e instándole a poner pies en polvorosa, porque tras él la trama siguió, y aunque Urdangarín abandonó el instituto Noos, los efectos negativos sobre las arcas públicas siguieron. Es cierto que el rey, ante un caso de corrupción palmario antepuso sus lealtades familiares a sus deberes públicos. Es cierto. Pero él, concretamente, no ha robado nada, no ha corrompido a nadie, que sepamos, ni ha sido incapaz y negligente en sus obligaciones, en estos años, como si lo han sido decenas de nuestros gobernantes.

También en esto tiene bemoles que con los problemas que tiene nuestro país, el jefe del estado sea el único que dimite. Bueno y Rubalcaba, pero ese no cuenta

Es cierto que es un hombre preso del paso del tiempo y de sus errores, de la relajación de un sistema que tras los grandes logros de la Transición se relajó y se pudrió. Pero no solo por él. Pese a ese aire caduco y viciado de la institución que representa, siento en mi ser que le debo algo. Siento que, a poco que releo algo de historia, hoy escribo esto porque él, y los que le arroparon, lograron para mí la libertad de la disfruto. Siento que no fue solo su mérito, es cierto, pero si que fue suyo el mérito de liderar a un pueblo, enconado y dividido, ajado por décadas de odio, en el camino para ser una nación libre, digna y justa.

Hoy en medio del derrumbe lento de nuestro sistema, se nos olvida, como suele ser costumbre nuestra historia. Somos rápidos y ágiles en la crítica, pero en ocasiones cicateros con los agradecimientos, y tacaños con quienes nos han aportado tanto, no solo errores.

Tienen razón los que dicen que no estamos solo ante una crisis económica, sino moral y política. Tiene razón los que dicen que nuestro régimen constitucional exige una revisión rápida y profunda, antes que se derrumbe. Necesitamos una reforma a fondo de nuestra estructura de poder y financiera, de nuestro modelo territorial, de nuestro sistema de justicia social y un saneamiento profundo de nuestra dirigencia política. Pero también precisamos estabilidad y concordia, y el rey ha sido parte de ella.

No se si será correcto decir esto, pero vivo en un país en el que puedo decirlo. Gracias Juan Carlos, tu pasado ha sido mi libertad. Suerte Felipe, en tu acierto está mi futuro.



Imagen Clarín

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