domingo, 15 de junio de 2014

La noche en que caimos



Bajo un sol tímido, y entre el frío que el mar nos trae estos días, Montevideo ha estado esta tarde agitada, entre los preparativos del estreno de la celeste y el trasiego político previo a las elecciones presidenciales, esta semana protagonizadas por las noticias del Frente Amplio de Tavaré Vázquez.
Montevideo se mueve y se renueva, en las casas se ensayan los gritos de guerra para el partido del día siguiente contra  Costa Rica, los hinchas saturan las webs con sus comentarios hacia el rival y sobre las marrullerias de Brasil. Al tiempo, unas pocas decenas de españoles abrazában el rojo en Melilla.


Melilla es un pequeño barrio de la parte alta de Montevideo, donde la Casa de Galicia ejerce de nostálgica estación de trenes cargados de recuerdos. Hoy, los aventureros, los desterrados y los Sancho sin Barataria que añoran España, se han acurrucado en silencio, casi de forma reverencial y litúrgica, ante una televisión que les acercaba a casa. La mayoría desconocen el noble arte del balompié pero, aun así, han empujado a Costa, han gritado a Iniesta, han sentido impotencia con Ramos, han notado el dolor de Xabi y han consolado a Iker, arrodillado ante el gesto de venganza de Robben.

Podía contaros la sensación de asombro cuando Silva no acertó a romper el arco. Podría contaros angustia ante cada fallo de la defensa. Podría contaros los fantasmas que nos envolvían como aquel día ante Suiza, los recuerdos agrios de tiempos que parecían ya superados, aquellos de Corea 2002, Inglaterra’96 o México’86. Podía contaros la impotencia de ver a Iker como un sonámbulo, la tristeza ante cada cabalgada holandesa. Podría contaros la pesadumbre ante el cuerpo vapuleado de un campeón herido.

Pero eso ya lo habéis visto vosotros. Lo que no habéis visto es como cada día, el lugar de encuentro de los españoles de Plata, es la cita de sus disputas, de sus desencuentros y de sus rifirrafes por Rajoy, por Euskadi, o por el Rey. Lo que no habéis visto es como cada día, al caer la tarde, unos cafés son testigos de cuanto les separa absurdamente y, como hoy, de tanto como les une.

En el fondo estoy convencido que los símbolos son precisos, imprescindible para la socialización de los seres humanos, para la creación de un pueblo. La pertenencia a un proyecto común, la identificación con algo que mira hacia nosotros, para impulsarse hacia adelante se antoja, desde el principio de los tiempos, como la única manera de sobrevivir todo un colectivo humano. Nadal, Alonso, Gasol, solo son nombres de chicos que luchan para ellos, que ganan para ellos y enriquecen, en noble lid, sus vidas. Pero les amamos, porque con ellos ganamos pequeñas ilusiones que nos hacen afrontar los grandes retos de nuestras vidas, nos hacen sentir orgullo de lo que somos y que, aunque algunos lo pretenden inconscientemente, no podemos dejar de ser. Hoy, por algo tan simple como un juego, nos hemos sentido tristes, no por ser yo, sino por ser nosotros, y hemos llorado, y vibrado y saltado, mientras medio Uruguay les miraba con desconcierto, porque unas pocas decenas, se reivindicaban como españoles, mal que les pese a algunos.

Tengo la sensación de que 23 gladiadores han apostado hoy el alma por mí. Más allá de primas y prebendas han luchado por mí, por todos aquellos que esparcidos por el mundo, o alojados en esta tierra, buscamos desorientados una disculpa para volver a ser uno, para devolvernos el orgullo que dolorosamente escondemos de ser españoles.

En esa pequeña Euskadi con acento meloso que es Montevideo, poblada de vascos, cada uno en su exilio, hoy la roja les ha unido, aunque sea en su desgracia, les ha recordado lo que son, les ha recordado que pueden convivir y construir un futuro juntos. Que son españoles, y que tenemos una historia detrás que mostrar con orgullo. Que cuando construimos, lo hacemos como genios, y que cuando caemos lo hacemos mirando hacia arriba, y con la vista puesta en nuestros sueños.

Esta semana el país seguirá discutiendo sus diferencias, intentando, como de costumbre, desbaratar todo y construir poco. Segregando y separando como tantas veces. Allí, en Montevideo, un grupo de españoles esperaran a que llegue el miércoles para ver levantarse a Casillas como un símbolo de que el camino sigue, y con nosotros, si estamos juntos.


Imagen elmundo.es

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