Se dice que en una áspera discusión entre Francisco Franco y su cuñado, y a la sazón ministro de exteriores de España, Serrano Suñer, a cuenta de la posición de España en la Segunda Guerra Mundial (germanófila o neutral), Franco le espetó a su cuñado “las ideologías son peligrosas”, a lo que el ministro contesto “las ideologías son mentira”.
Podría traer esta anécdota a la actualidad política
española, pero no merece la pena. Sin embargo, me ha recordado la admiración de
Hitler por los cantantes de ópera. Judíos.
Adolf Hitler sentía una profunda fascinación por la música y
la ópera. Esta obsesión artística generaba contradicciones extremas en su
propia ideología racista. Aunque el régimen nazi perseguía sistemáticamente a
los ciudadanos de origen judío, Hitler admiraba en privado a los tenores
Richard Tauber y Joseph Schmidt debido a su extraordinario talento vocal,
llegando a justificar su gusto bajo la premisa de que "la genialidad
musical superaba al origen del artista".
Tauber (1891–1948) era un cantante austriaco, hijo de una
soprano católica y un actor judío. Poseía una voz de tenor lírico
excepcionalmente cálida, elegante y versátil. Se había convertido en el máximo
exponente de las obras de Franz Lehár. Su interpretación de la pieza "Dein
ist mein ganzes Herz" (Tuyo es mi corazón) lo transformó en un ídolo de
masas. A pesar de haber sido criado como católico, las leyes raciales de
Núremberg lo clasificaron como judío (Mischling). Tras ser agredido físicamente
por los camisas pardas nazis, huyó a Austria y posteriormente se exilió en Gran
Bretaña, donde continuó su exitosa carrera.
Schmidt (1904–1942) era ucraniano judío y poseía una voz
deslumbrante, de agudos impecables y un timbre profundamente emotivo. Medía
apenas 1,50 metros de estatura lo que le impidió hacer una carrera tradicional
sobre los escenarios de ópera, pero se convirtió en una superestrella mundial
gracias a la radio, los discos y el cine. Su canción insignia fue “Ein Lied
geht um die Welt” (Una canción da la vuelta al mundo). Al llegar al poder los
nazis en 1933, le prohibieron cantar en la radio estatal. Escapó por varios
países de Europa. Finalmente, debilitado y sin recursos, fue internado en un
campo para refugiados en Suiza, donde murió de un ataque al corazón a los 38
años.
La relación de Hitler con estos dos cantantes demuestra la
tremenda disonancia cognitiva y la hipocresía estética del dictador alemán. Hitler
consideraba que el arte y la música operística estaban en una dimensión
superior a la política cotidiana. Existen registros de conversaciones privadas
en su cuartel general donde, al ser advertido por sus ayudantes de que el disco
que escuchaba con deleite pertenecía al judío Joseph Schmidt, él respondió de
forma tajante: "¡Y eso qué más da! ¡Lo único importante es que la música
sea maravillosa!". El talento de Joseph Schmidt era tan colosal que el
ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, llegó a ofrecerle en los inicios
del régimen el estatus de "Ario de honor" si accedía a quedarse en
Alemania a cantar para ellos. Schmidt rechazó con dignidad la oferta y prefirió
huir. Antes de su radicalización total, Hitler pasó sus años de juventud en
Viena absorbiendo la cultura de los teatros musicales. Las voces de Tauber y
Schmidt encarnaban a la perfección el ideal romántico de la época dorada de la
música centroeuropea, un sonido que despertaba la nostalgia del dictador. A
pesar de esta gran admiración artística en el ámbito privado, la ideología de
destrucción del Tercer Reich no hizo excepciones institucionales: el régimen
nazi prohibió la difusión de sus discos, confiscó sus bienes y forzó a ambos
cantantes al exilio, destruyendo de forma sistemática la vida de Schmidt y la
carrera en suelo alemán de Tauber.
Esta mañana he oído contar a un político de extrema derecha
como le gustaba el juego de Senegal.

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