Estoy un poco desconcertada con el tema de la ropa. ¿Qué ropa? Pues la campaña del gobierno para celebrar los 50 años de democracia creando ropa juvenil con fines publicitarios. Es cierto que la ropa no se vende ni hace competencia a nadie (faltaría más). Es una colección limitada que exhiben azafatas e influencers en algunos actos políticos e institucionales o se regala a los jóvenes en algunos eventos. También es cierto, contrariamente a lo que difunden en redes mentes maliciosas, que la ropa en concreto ha costado 380.000 € (no 14.500.000 que es el coste de toda la campaña de celebración y los fastos subsiguientes).
Es más, el gobierno ha justificado que este presupuesto no perjudica a otras tareas ministeriales porque forma parte del presupuesto de Memoria Democrática y una vez asignado no se puede destinar a otros usos. Un argumento muy pobre porque, lo primero, no tenemos presupuestos, y lo segundo, podría no haberse asignado a ese ministerio y si a acciones más útiles.
No voy a entrar en el tema de los chiringuitos en los que se
despilfarra el dinero público, por unos y por otros. Y me quejo de la ofensiva
Oficina del Español que Diaz Ayuso creo para Toni Cantó y no servía para nada o
el millón de dinero público perdido por el Ayuntamiento de Madrid y la
Comunidad en subvencionar el musical “Malinche”, una iniciativa privada de
Nacho Cano, amigo de Ayuso, que no ha pagado ni la Seguridad Social ni el
alquiler de IFEMA. Y también me quejo del conservatorio de David Sánchez, la
presidencia en Correos del inútil e incompetente de Juan Manuel Serrano,
imputado en el “Caso Leyre” y que nos ha costado otro millón. O el curso de masculinidad
responsable del gobierno.
Ya con todo eso, el tema de la ropa es indefendible. Pero a
mi me importa algo que va más allá. Todo este tema de la ropa se inscribe en
una campaña para defender la democracia y sus valores entre los jóvenes,
especialmente la generación “Z”. Eso está bien. Hay un importante diario
internacional llamado The Economist que realiza periódicamente el IDG (Índice
de democracia global). Clasifica a los países en 4 categorías: democracia
plena, democracia imperfecta, régimen híbrido y régimen autoritario. España
lleva años en el primer grupo, pero perdiendo puestos. ¿Por qué? El IDG mide la
limpieza electoral, la participación ciudadana, la confianza del pueblo, la
separación de poderes, la transparencia o la lucha contra la corrupción. Y
menos en el primer item, el prestigioso diario nos avisa que en los demás
estamos retrocediendo, lentamente, muy despacio, pero lo hacemos.
España no necesita campañas publicitarias para que seamos
más democráticos. Necesitamos un CIS limpio, una mayor transparencia, más
controles en la administración, una fiscalía y una policía con mayores
dotaciones, una ejemplaridad política ….
Como dijo Churchill, la democracia no es solo un sistema
político basado en el voto, es un sistema moral, y ahí algo está fallando.

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