domingo, 2 de febrero de 2014

Los que juzgan la vida



Somos tan sabios que hemos convertido la vida de quien aun no ha nacido, en el frente de una guerra impía, y a los que ya la tienen, como de costumbre, en olvidados.


La disputa entre quienes quieren suprimir la ley Gallardón, por ser un recorte exiguo, y los que también están contra ella por considerarla un atentado a los derechos de la población, está movilizando trenes, agitando pancartas, enervado a feministas contra Rouco, recogiendo miles de firmas y, quizá, olvidando a uno de los aspectos de este problema, a esas mujeres, en cuyo nombre tantos hablan, a las que al dolor de presenciar con anuencia la muerte de su hijo, añadimos ahora el escarnio público, la remoción de los cimientos de su familia y la quiebra de la espiga que ha unido débilmente su corazón a su alma, desde aquel instante en que decidieron dar muerte a su hijo, y con él, en parte, a ellas mismas.

Solo en ese preciso instante en que la vida te regala la nueva de que albergas a un niño, conoces en completo sentido la felicidad. Es un sentimiento solo comparable a ese otro instante en el que de tus entrañas brota la vida, y tras un reguero de dolor, tras una llama intensa que parece quemarte, te abres para oír el llanto de quien ya será para siempre parte de ti. Tan parte de ti, como en el primer instante en que le sentiste, acariciaste a través de tu piel su diminuto cuerpo encerrado en tu vientre, y escuchaste el ritmo ilusionado y febril de su corazón, dentro de ti. Nadie que no lo sea conoce la sensación de plenitud que una madre siente, cuando presenta al mundo a su hijo, tras luchar arduamente por él en un parto, sin saber aun cuantas lagrimas más te pedirá la vida para que lo que antes fue tuyo, sea ahora él. Por eso, querer pensar que para una mujer arrancar con estilete la vida de las tripas es como ir al solarium, es vil. Por eso, reabrir heridas, acosar mujeres y lanzar juicios públicos que marcaran de forma indeleble la vida de aquellas, solo puede ser obra de un cobarde, o de un insensato.

De lo segundo, porque es lo único que cabe pensar de quien supone que una mujer disfruta, o se muestra indiferente y frívola ante una decisión tan contraria a su naturaleza misma. De lo primero, por que es lo menos ruin que alcanzo a concluir de quien se escuda en hechos que despiertan tanta sensibilidad y pasión en la sociedad española, para escanciar un puñado de votos de su ala más ultra. Y me refiero al gobierno, que ya no sabe que tecla tocar para romper una tendencia al abandono, hasta de sus bases, tras este desierto en que caminamos desde hace dos años, bueno, en realidad, algunos más. Y me refiero a la oposición principal, una veleta aun mayor y de menor criterio, que aquella que la mitología cuenta construyo Eolo en Beocia, solo para saciar su desmedido afán de conocer anticipadamente para donde el viento movería sus cabellos.

Soy católico, fiel hijo de ese Dios que un día me concedió el don de crear nuevas vidas. Y ello me impulsa a mostrarme contrario al aborto, a la par que albergar un respeto infinito a quienes han debido dar ese paso, meditando todos los vértices del problema. Pero no todos creen en lo mismo que yo, y el respeto a ellos es cristiano, y la defensa de un estado neutral ante morales particulares, también.

Soportamos desde hace décadas una de las peores leyes reguladoras del derecho al aborto que se conocen en el mundo occidental. Mala porque sigue la filosofía española de hacer gestos (la creación de esta ley lo fue en su día), para responder a las exigencias de algunos, y evitar su crítica y su furia electoral. Al tiempo que soslayamos en lo posible la oportunidad de desarrollarla o aplicarla, para no enfurecer a quienes irrita su simple mirada. Resultado, una ley que existe, pero ante la que todo el mundo mira hacia otro lado, hasta que pase la tormenta.

Unido a esto aparece nuestro laberinto legal, cimentado en este enmarañado dédalo de autonomías e intereses regionales, que hacen de los derechos de los españoles una lotería geográfica, que permite que en Andalucía aborten gratis hasta las amapolas, y en Navarra, ni sobornando al ejecutivo, que en un autentico monumento a la hipocresía, ha denegado en estos años, con la ley actual en la mano, el permiso a la creación de clínicas abortistas o unidades de tal tipo en la sanidad pública, derivando a las mujeres que precisan de esta intervención a otras comunidades autónomas. Que ellas carguen con la mala imagen del problema.

La ambigüedad de la ley ha dejado, además, en un limbo legal a la profesión médica, que soporta, según donde, la arbitrariedad de una judicatura que posee de todo menos coherencia y criterios de uniformidad nacional. Si a ello unimos la existencia de un movimiento de objeción muy generalizado en al sanidad, nos encontramos con la paradoja de que el estado, que promueve una ley de interrupción del embarazo, es incapaz de garantizar su ejecución material con sus propios medios, por lo que alquila los servicios de entidades privadas que hagan el trabajo sucio. Un trabajo por el que luego son perseguidas y, aun peor, también sus pacientes.

¿Que hay clínicas que extralimitan su capacidad operativa, en aras del beneficio económico?. Por supuesto que si. ¿Qué los escrúpulos son escasos en ciertas redes de centros abortistas?. Si. ¿Qué se han cometido irregularidades?. Si. Como también injusticias, visibles en muchos médicos manchados en su honor para siempre, por cumplir su deber legal, y visibles en madres que ven ahora remover su pasado y destruir su futuro, por la miserable actitud de quienes están estos días de caza.

Pero la aplicación de la ley, la ampliación de los supuestos legales o el control de la ejecución de estas prácticas no es la raíz del problema. Para que una madre pierda hasta su llanto, con el adiós a su hijo, algo ha fallado primero.

Ha fallado nuestra capacidad de detección precoz, que motiva tener que colocar en la balanza la vida del feto, o la vida de quien le alberga.

Ha fallado un sistema educativo, familiar y social, que desarrolla la propensión en nuestros jóvenes al hedonismo, el placer fácil y al sexo inanimado, ese carente de los componentes afectivos y emocionales que le confieren el carácter de la facultad humana mas primordial y más plena, convirtiéndola en un acto incontrolado e incontrolable, que acaba con la muerte de un inocente, ante la desesperación de quien no sabia que estaba llamando a las puertas de la vida, cada vez que se abría de piernas con dos copas encima.

Ha fallado un compendio de tareas formativas, informativas y educativas que facilitan la madurez sexual de nuestros jóvenes y les otorgan la capacidad de ordenar y controlar su sexualidad de manera madura y responsable, confiriéndoles la capacidad de emplear sensata y conscientemente una facultad indisociable a sus vidas, de tal forma que la llegada de un hijo no devenga en un drama humano, o en la avocación a un asesinato, sino en el disfrute de la mayor experiencia humana.

Ha fallado una organización institucional que no soluciona la dificultad de muchas mujeres a una adecuada educación sexual, al acceso a medios materiales de control de natalidad, al acceso en tiempo y forma a las redes de planificación familiar o a los medios económicos para desarrollar una sexualidad plena y responsable.

Hemos fallado al no prever el crecimiento en nuestra sociedad de nuevos grupos o sectores que rompen los patrones culturales y de comportamiento sexual, que tiene necesidades y problemas para los que no tenemos aun respuesta, porque no nos hemos hecho la pregunta de cómo se comportan y que problemas tienen otras culturas que están ya entre nosotros, para las cuales un hijo, en un medio rural y conservador como el de su origen, no plantea los mismos interrogantes que nuestro medio urbano y consumista, para desesperación de las madres atrapadas en esa contradicción.

Ni nos preguntamos como actúa un joven sin trabajo, sin orden familiar, pululante en la calle, vaso y porro en mano todo el santo día, sin freno de ninguna clase, al que educación sexual no le daremos, pero solares para hacer botellón si. Y para el que no basta colocar expendedores de preservativos en cada esquina, cuando no sabe como colocárselos, no acierta a controlar la pasión, que el impide echar mano al bolsillo trasero, antes que a la bragueta, o, si es mujer, no va a ser capaz de imponer un criterio de protección en sus relaciones, por que no le tiene, o porque su rol social, la sigue convirtiendo en un cero a la izquierda. O aun peor, un objeto sexual, idóneo para fiestas de fin de semana, que pide guerra, como todas, y apechugar debe con lo que salga de la aventura, que en eso hemos convertido el sexo. Y no voy solo por el tema de los jóvenes, sino también por el de aquellas mujeres aun sumidas en el desconocimiento de su cuerpo, o sometidas a una pareja a la que decir no, o imponer tiempos o condiciones en su relación, puede costar muy caro. Con lo que la única opción es soportar estoicamente el uso y abuso de su cuerpo, y luego….

La ley debe existir, en cuanto que la sociedad en su conjunto tiene el derecho a regular cuantos actos pueden afectar a la comunidad, y la obligación de proteger de las decisiones de unos, los derechos de quienes aun no pueden decidir. Pero ni la ley, ni la sociedad pueden juzgar la moral, las intenciones o el sufrimiento de quien alberga una vida que cree no puede forjar.

Ante esto, más nos valdría a los católicos, en lugar de tanta denuncia en los juzgados, tanta pancarta y tanta cantinela inquisitoria, mostrarnos más como Dios nos pide. En posición de mano tendida, ávidos de percibir los problemas del prójimo, alertas a defender al más débil, y prestos a ejercer la caridad, tal como Pablo nos transmitió, como una muestra de amor, como una entrega ilimitada a los demás, no a su ruina. Y cuando hayamos hecho todo cuanto la razón y el corazón piden para evitar un aborto, discutamos que hacer ante lo irremediable. Pero hasta entonces, un poco más de esfuerzo en sacar vida de cordones y placentas, y un poco menos de interés en añadir dolor a las madres.

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