sábado, 5 de julio de 2014

Y lo llaman Tierra Santa



No se porque somos tan rastreros los seres humanos, que no satisfechos con hacer la vida imposible al prójimo, buscamos de manera torticera fechas esencialmente simbólicas. Momentos clave en los que la humanidad busca reconciliarse con si misma, mostrar disimuladamente algún propósito de enmienda y, con mucha timidez, llenar de color sol ese aire cargado de hollín en el que vivimos, tan solo por meritos propios.
Pero siempre hay alguien que, precisamente en esas fechas vacacionales, y con toda su mala intención, hace brotar a hades de nuestros corazones, como para recordarnos claramente cual es nuestra naturaleza, que tan ruines somos y que poco probable es que nos redimamos. A Rusia y Ucrania les tocó recordarnos que somos orcos, en los prolegómenos de los mundiales de fútbol, ese momento cuatrianual en el que perpetramos la fechoría de convivir poniendo contra las cuerdas a nuestra naturaleza física (que la otra ya se ahorcó hace tiempo), y ahora le ha tocado a Israel, que primero vivió el asesinato de tres de sus crios y ahora se ha ensañado a palos con los del vecino. La habitual reciprocidad hebrea.
Llegados a este punto, no se quien me da más pena. Los palestinos, los israelíes, o nosotros. Entre esos dos, la historia nos ha llevado a un desfiladero, tan oscuro, que ya es casi imposible distinguir culpables, victimas o verdugos. Quien es más bestia y quien mata con más refinamiento tecnológico esta claro. Lo demás yace hace tiempo en el terreno de lo incomprensible. Tanto como quienes los rodeamos. La rica, culta y democrática Europa suma otro fracaso en su ya larga carrera como intento de ser nada. Ni nosotros, ni los energúmenos de los norteamericanos, ni los hipócritas de los países árabes hemos sido capaces de dar seguridad a un Israel paranoico tras sus penalidades del siglo pasado, ni poner pie en pared en gobiernos belicistas incapaces de una mínima pedagogía ciudadana o un mínimo sentido común en temas como los asentamientos. Hasta el extremo, de que hacer la guerra y matar niños surte tal efecto electoral que es mejor para ganar las elecciones, que un anuncio o una promesa. Triste sociedad la que así se comporta. Pero es que nuestro papel con los otros es también sangrante. El radicalismo palestino, su división y su tendencia terrorista es paralela a su miseria (que no hemos sabido evitar) su falta de futuro (con niveles de paro de más del 60%) y su corrupción (alentada por millonarias inyecciones de dinero en gobiernos que no merecen tal nombre, y que engordan sobre los cadáveres de sus compatriotas. Resulta triste, muy triste que todo nuestro quehacer se reduzca a pagar una escuela o un aeropuerto, el triple de lo que vale, para que los sátrapas se queden con algo. Y todo ante la atenta mirada de los obesos y corrompidos dirigentes musulmanes de medio mundo, incapaces, con toda su fe, y toda su riqueza en esta barbarie. En la de ahora y en la de todos los días. Que no veo la diferencia entre morir de polio o de hambre o de desesperanza, o morir por una bomba.

Pero es que el fondo de la cuestión es que nos da igual. Hemos llegado a un punto de civilización, en el que vemos la realidad si sale en la tele, y la mezclamos con la ficción. Es lógico, todo sale en el mismo aparato. Estos días ha habido manifestaciones, protestas y actos de conciencia a favor de la población civil afectada por la guerra. Pero pocas, y mal nutridas. Que hace frió para salir a la calle, y hay que reservar las vacaciones, y algo habrán hecho para merecer eso y, además, ¿existen?.


Imagen chilevision.cl

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