martes, 22 de julio de 2014

Morir en Gaza



Continúan los combates en Gaza. Desde hace unos días, lo que desde años se ha hecho rutina vuelve a incendiar Oriente Medio, la ocupación de Gaza por el ejército israelí llevándose por delante no solo centenares de vidas, sino la esperanza de vivir en paz de miles.

Desde los tiempos lejanos en que el presidente americano James Carter, y los lideres Menean Beguin y Anwar el Sadat consiguieron iniciar un camino de paz entre israelíes y egipcios, que marcaría el posterior de Rabin (Israel) y Arafat (Palestina), siempre se supo de las dificultades y penurias que se deberían atravesar. Pero pocos pensaron que tanta gente se mostraría tan torpe y tan mal hadada, y que fueran más los obstáculos que las facilidades.

Tras décadas en el exilio, el poder de la naciente Palestina, alborada bajo la tutela americana y europea, quedó encarcelado en las ambiciones del partido del presidente palestino Arafat, el histórico líder de la Organización para la Liberación de Palestina, grupo que mantuvo el frente militar contra Israel. Su partido y su gobierno (OLP) mantuvieron ese poder, desde la creación de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) en 1994 en base a una tupida red de corruptelas, relaciones mafiosas y favores personales, que no solo ha dilapidado fondos increíbles, sino creado una masa de descontentos entre aquellos que no se han beneficiado de esa densa corrupción, y de aquellos que por ella, han visto como su país caía irremediablemente en la pobreza, y ellos con ella. La situación serviría de semillero a los radicales de Hamas, luego a la guerra civil Palestina, más tarde a la división del país, su debilitamiento y con él la radicalización gazati y la agresividad israelí.

Pero los grandes males también han venido de fuera. El gobierno americano ha demostrado una falta de miras y de sensibilidad, rayana en la inconsciencia. Los gobiernos de Bush, primero, y de Obama después, no han realizado un solo gesto o acción encaminada a resolver la difícil situación palestina, confiando la salvación de la crisis a una supuesta victoria militar en Irak que aplastaría a los islamistas de Oriente Medio, dejando libre el camino para la imposición de un nuevo marco de relaciones y fronteras que facilitara el dominio de la potencia en esa área geoestratégica.

Muy al contrario, la presencia militar occidental en Mesopotamia ha desatado un renacimiento islamista que se ha extendido por toda la región, impulsando el liderazgo yihadista en Yemen, Siria, Líbano y Egipto (ahora sumido en una grave fractura civil).

La guerra se extiende de la mano de fanáticos como el EIIL, Hamas o Hezbollaha, amenazando no solo a occidente, sino a los gobiernos moderados de la zona, o a los pueblos que iniciaban, tras años de crisis y guerra, su reconstrucción, la vuelta a la paz, caso de Líbano, al borde de nuevo de la guerra civil.

Cierto es que la pobreza y las tensiones religiosas y nacionalistas han sido el vivero de muchas de las penalidades del mundo moderno, y que las naciones más poderosas de la tierra estaban obligadas a una intervención terapéutica que estabilizara el mundo, cortara de raíz las amenazas que Al Qaeda ha simbolizado y diera satisfacción a una gran parte de la humanidad, sumida desde el siglo pasado en la miseria y la opresión, causas reales del rearme islamista. Pero nada se impone, menos desde la fuerza, y menos a una cultura orgullosa de su historia, pisoteada por los occidentales desde tiempos, y con la punta de lanza de Israel.

Un primer mal arranca de la ficticia imposición de una democracia manipulada (Egipto) o bloqueada cada vez que la libertad del pueblo amenaza con llevar al poder a grupos islámicos (Palestina tras el triunfo de Hamas, o Turquía). En esos momentos en que las urnas aupan a grupos contrarios a los intereses occidentales, estos asfixian a los nuevos gobiernos en lo económico o en lo militar, o sus cómplices (el ejército en Egipto, por ejemplo) desatan una oleada de violencia genocida. Es el caso de la corrupción y la represión del gobierno afgano, que ha propiciado el rebrote talibán, de la violencia anti sunni en Irak, de la violencia con que el gobierno paquistaní actúa contra las tribus de la frontera afgana o del brutal terrorismo de estado que los islamistas soportaron por las fuerzas de seguridad del estado en Palestina, dirigidas por el temido miembro de la OLP, el corrupto Dahlan. Una violencia entre palestinos que es una de las causas de la anarquía palestina que da argumentos a Israel.

Recientemente, el coordinador de Naciones Unidas para Oriente Próximo, Álvaro de Soto, denunciaba contundentemente el boicot internacional a los palestinos tras la victoria electoral de Hamás. La retención de fondos por Israel a la Autoridad Palestina creó tal frustración y pobreza entre la población Palestina, y tal odio hacia el gobierno “colaboracionista” de Cisjordania, que ha mantenido un enfrentamiento fratricida entre quienes se benefician de las ayudas europeas e israelíes, y quienes no. Un enfrentamiento que parecía superarse por la vía del acuerdo entre las dos facciones palestinas cuando, es casualidad, Israel ha decidido intervenir en Gaza.

Las responsabilidades del drama palestino se extienden a Europa, incapaz de imponer una actitud común de sus miembros y de hacer valer su peso y su dinero en la región. A Rusia, más pendiente de evitar un avance de la influencia americana en al zona, que amenazaría sus rutas de abastecimiento energético, que de frenar un avance radical que puede amenazar a la larga a sus fronteras. A Estados Unidos, cuyo gobierno aparece dividido en lo tocante a impulsar una vía militar o diplomática, y que incluso arma a unos grupos contra otros (incluso en Irak), constituyendo así cada día un monstruo inmanejable. A Siria que precisa de las milicias radicales de Hezbollah para ganar su guerra civil a los radicales sunnies. A Israel, que fía su paz en la matanza interna de su enemigo, sin darse cuenta que hace crecer un odio que amenaza a su propia existencia. A nosotros, incapaces de usar nuestro voto y nuestra soberanía para obligara a nuestros gobiernos a frenar un río de sangre, que arrastra como una riada, vidas, sueños y miradas.


imagen AFP

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