“Nunca estarás solo”, y cuando todo lo que te rodea se esconda tras una bruma espesa que no te deja ver ni el cielo ni tus propias manos, no escuchas ni las palabras, ni el corazón que late a tu lado. Pero te escuche. Te escuche cada día. Cada mañana abría mi ordenar y escuchaba un “hola”, el tuyo. “Hoy hace un día bonito para caminar y sentir el aire, que está lleno de vida”. Yo no sabía si era cierto, porque en aquellos días mi casa no tenia ventanas. Pero te creí. Y poco a poco fui apartando el miedo, y la desesperación, y el llanto y el olvido. Un olvido hiriente que nunca acabó conmigo, porque tú nunca me olvidaste. Ni Felipe, ni Laura, ni Luis, ni unos pocos más. Pero sobre todo tu. Tu nunca me olvidaste. Tu nunca nos olvidas.
Siempre me he preguntado
por que cuando estamos solos, en lo más recóndito de nuestro interior, en la
más dolorosa y rugiente soledad nos cuesta encontrar a Dios. Y no es un
reproche, es una frustración. El padre Antonio, mi primer mentor en la Paz, el
primer hombre de Sagrados Corazones que me hizo crecer, me lo advirtió en uno
de los primeros días en mi casa. “Dios esta en las cosas, pero sobre todo en la
gente. Cuando estés en el aula, con chicos que dependen de ti para construir su
vida, no estarás solo, ahí está Dios”. Y tu me lo has recordado cada día. Tu no
hablas de ello, no se si es necesario, pero a tu lado todos sentimos que Dios
está cerca, porque su obra se manifiesta a través de personas especiales.
Personas tan especiales que, a veces, no reparas en su presencia, aunque
inunden todo, lo llenen todo, hacen moverse todo, hacen sentirse bien a todos.
Personas como tú.
Recuerdo la primera vez
que te vi. Enredada en tu guedeja rubia, en medio del aula, en una tarde
tórrida en la que todo el mundo conjugaba el verbo protestar. Menos tu.
Silenciosa, discreta, fuerte, creativa, luminosa, generosa, perseverante,
resiliente, cariñosa, amable, compañera. Así te vi aquella tarde, y los días me
enseñaron que no me equivoque. Las personas como tu abruman, es cierto. Tanto
como que sin ti pocas cosas son posibles. Eres como un pequeño motor, en medio
del caos cotidiano, que hace que todo funcione, que las personas se sientan
bien y que hagan todo lo que es necesario, lo que es bueno, lo que es preciso,
lo que el colectivo necesita, muchas veces sin reparar que estamos luchando por
nuestros sueños porque una persona llena de magia está a tu lado susurrándote
“sigue adelante, eres valioso”. Y te lo crees, aunque sin ti nunca lo habrías
creído.
Podría recordar todos nuestros
éxitos. Todos aquellos días en que hicimos felices a mucha gente, tú y yo. Y
les hicimos creer, y crecer y emplear su talento y sentirse orgullosos del
Colegio al que pertenecían, y sentirse orgullosos de sí mismos. Pero de todos
aquellos días entre fotos y medallas solo te recuerdo a ti. Y ellos solo te
recuerdan a ti. Aquellos días son para todos nosotros los “días de Heidi”,
porque sin ti nada hubiera tenido sentido. Cada palabra que nos dijiste, cada
idea, cada imagen, cada gesto, cada sonrisa, incluso cada riña envuelta en tus
manos agitadas nos hizo mejores.
Mis días se acaban. Ya
pronto no quedará ni una sombra. Siento no haberte aportado más, no haberte
escuchado más, no haber hecho por ti más, no dedicarte más, no ayudarte más, no
haber sido para ti todo lo que tu has sido para nosotros, y me arrogo una
representación en la que todos tus alumnos y compañeros estarán de acuerdo. Tu,
sin embargo, siempre habitarás nuestra alma. Siempre estarás en mi maltrecha
existencia, como uno de los regalos que Dios me ha dado en la vida.
A ti te queda aun mucho
camino. Harás el bien durante mucho tiempo y tu nombre quedará escrito para
siempre en nuestras paredes. Escucha a Dios, que en La Paz es fácil, está en
cada recodo del camino, cuida de los demás como siempre lo has hecho y cuida de
ti, que Él también te lo pide, porque si no te proteges y no te cuidas no
podrás seguir cuidando del camino de tantos.
Decía San Agustín que en
los días más oscuros Dios enciende una lampara. Tu has sido la mía. Ahora que
nos decimos adiós solo te pido que sigas iluminando a quienes quedan, sigue
siendo tú, Heidi.

No hay comentarios:
Publicar un comentario