domingo, 7 de septiembre de 2014

Y Libia también



Es desconcertante la política internacional. Y la domestica, y toda aquella marcada por objetivos inconfesables, aunque de sobra conocidos.
Esta semana, aunque no hayamos reparado en ello, han continuado los combates en Libia, un país que desde la caída del dictador Muamar el Gadafi, en el lejano 2011, ha pasado de ser un ejemplo de “Primavera Árabe”, a otro invierno más del mundo actual, junto a Siria, Gaza, Ucrania, Nigeria, Afganistán …


Esta semana ha continuado la carnicería entre decenas de bandas que se disputan los despojos del país y el petróleo que esconde. Principalmente los nacionalistas de los de  Mahmud Jibril (apoyados por  Emiratos, Arabia Saudí o Turquía) y los islamistas de Ali Salabi (que reciben apoyo de la “moderna” Qatar).

En medio de un Próximo Oriente que se descompone ante el avance de islamistas radicales, ante la desaparición de fronteras bajo el avance del califato islámico y sumidos en el miedo a que la guerra y la rebelión se extienda a las petromonarquías del Golfo, Emiratos Árabes (secundados por Arabia y Egipto) han decidido intervenir en Libia bombardeando objetivos islamistas en Trípoli con su aviación, en una acción insólita y aun no admitida en público.

El motivo el tradicional, proteger al “pueblo indefenso” y llamar la atención de la Comunidad Internacional. Comunidad Internacional significa las potencias europeas y los Estados Unidos. Ese odiado hermano mayor del que todo el mundo reniega y echa pestes, pero al que al final siempre recurrimos. Es más, como es este el caso, un hermano mayor al que recriminamos su lentitud y su falta de implicación, la misma que hemos reprobado en tantos casos anteriores.

Un análisis superficial de la situación en Cirenaica y Tripolitania (que ahí está parte del problema, que Libia no existe, que no es más que un invento poscolonial que ha unido a dos entidades sociales, tribales y culturales ampliamente diferenciables, y con poco ánimo de convivencia) evidencia las contradicciones occidentales, nuestra confusión continua y nuestra extensa capacidad para tomar decisiones siempre tardías, y llenas de huecos argumentales.

Europa y Estados Unidos no quieren involucrarse (como ocurrió en 2011) en un enfrentamiento civil en el que conocemos, y hace tiempo, todas las maldades de uno, de la misma forma que desconocemos las virtudes del otro. Los mapas, informes e imágenes que han llegado hasta nosotros revelan la lucha por el poder en las poblaciones de la costa, las más pobladas, bien es cierto, pero dejan fuera de nuestro alcance todo el interior del país, cuya actitud desconocemos. Tanto como el programa, las intenciones y la idiosincrasia de los distintos grupos enfrentados, incluidos los denominados moderados o nacionalistas, sobre los cuales hemos extendido una simpatía emocional (son los más débiles, no son islamistas), pero muy irracional.

No cabe duda que los yihadistas amenazan Ásia con una dictadura opresora, salvaje y represiva, de tintes expansionistas y terroristas. Eso ya lo sabemos. Tanto como lo sabíamos hace un año, dos o quince. Hasta el punto que en la tercera película de la saga “Rambo”, Hollywood los presentaba como los buenos, en su lucha contra el expansionismo soviético.

Hemos abandonado a su suerte a ese pueblo tras la caída de Gadafi, gracias a la inútil diplomacia europea, y la dejadez de Obama ¿Realmente, que ha cambiado para que occidente fije otra vez sus ojos en Libia?. ¿Que los muertos salen en televisión, y antes al pueblo libio se le masacraba con la cámara apagada?. ¿O que a falta de un visión global de Occidente las monarquías del Golfo y todo su poder nos exigen jugar nuestro papel de policías a su servicio?.

El problema radica en que el islamismo es una hydra cuyas raíces se extienden hasta los barrios de las ciudades europeas y no queremos despertar al monstruo. Y el problema es que occidente, sin líderes ni ideologías sabe que puede, sea cual sea el precio, puede acabar hasta con el último rebelde muerto, y revertir la guerra, y acabar con los yihadistas. Quizá. Pero, si así ocurre, ¿Que pasará después?.

Destruir un régimen es fácil, acabar con un ejército del tercer mundo es presa asequible para nuestra tecnología. Pero construir un estado, edificar una sociedad civil duradera es complejo, es una tarea de décadas, llena de altibajos y sinsabores. Y esa paciencia prolongada, como se ha visto en Haití o en Iraq, no suele ser un rasgo occidental. Serán necesarias inversiones profundas, en educación, en infraestructuras y en servicios estatales. Unos servicios que no se pueden reconstruir, pues no existen, ni la cultura que los sostenga.

Me imagino que ganen los moderados libios o lo haga su contrario, acabaremos como de costumbre. Contratistas que hacen caja al rebufo de las fuerzas de ocupación o las imposiciones de la comunidad internacional. El trabajo se dejará a medio hacer, como en Irak, o en Afganistán o en tantas partes. La sociedad quedará frustrada y la inestabilidad hará presa del país. O quizá no, ojala. En todo caso, ¿por que, siguiendo esta lógica, no intervenimos en defensa de los derechos humanos en Yemen, en Bahrein o no lo hicimos, meses atrás, en el Sahara Occidental?

Todo el mundo árabe vive la fiebre de una lucha descontrolada y de objetivos poco claros, contra gobiernos injustos amparados por nuestros miedos al empuje islámico o nuestra avidez de materias primas. Gobiernos sostenidos por nosotros para defender nuestros intereses, no los de sus pueblos. De vez en cuando, por no se sabe que razón, nos liamos la manta a la cabeza e intervenimos fugazmente, para dejar, en el mejor de los casos, la situación igual, pero con más rencor.

En todo este panorama, lo que me parece más sonrojante, por tocarnos más de cerca, es la posición europea.

La imagen de los burócratas de Bruselas balanceándose ante el micrófono, como de costumbre, entre pausas enfáticas, como de costumbre, mientras, en tono humanista y desafiante, notifica que está dispuesto a poner en marcha todas las medidas para la defensa de la paz y la libertad me causa perplejidad y, vergüenza.

Tanto como esos grupos de intelectuales que se muestran contra la guerra, aunque depende de donde y con quien.

¿Que hay en Libia?. Una guerra (como en Siria), un pueblo oprimido (como en Azerbayjan), un uso irracional de la fuerza en áreas civiles (como en Yemen), y mucho petróleo (como en Nigeria). Esto es, un panorama como el iraquí.

Y luego dicen que la historia no se repite. La de Occidente si, sumido en un bienestar capaz de atontolinar a sus ocupantes, siempre prestos, ante la imagen brutal de una guerra a exaltar la libertad y la paz, y luego seguir paseando, olvidando el horror lejano.



Imagen líbia.gctoscana.eu

No hay comentarios:

Comparte en las Redes

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...