He leído con tristeza en El País la historia de Rafa Quispe. Un hombre de 40 años, separado, que había encontrado abrigo en la acampada de Sol. Se va de la plaza sin nada, ni futuro. En el desalojo ha perdido sus únicos bienes: el edredón con el tapaba a su hija, y un dibujo de los dos firmado con un “papá, te quiero”. Los que querían Sol limpio, dispuesto para el turismo navideño de masas, ya lo han conseguido. Ahora solo falta limpiar de tragedia a los rafas del mundo.

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