No es justo condenar a alguien por lo que hizo, al margen de lo que hace, pero a veces el pasado nos persigue. Se llama David Calvo Villa, alias “El Jincho”, es el rapero favorito de la extrema derecha española, que no para de hacerle carantoñas en sus programas pese a un pasado envuelto en el mundo de la droga y campante por múltiples delitos que le han llevado a una retahíla de condenas. Hoy gana fama con su pose de renacido, de hombre que ha regresado del inframundo purificado y rehecho moralmente.
Hace tres años, tras un concierto en Mislata junto a Escol
Oriris Reyes (Osiris “El enemy”), se trajinaron a dos chicas menores de edad,
una de ellas con un 41% de discapacidad. Un tribunal les ha absuelto por
existir una duda razonable, eso si, sin utilizar una cámara Gesell para evitar
la revictimización continua de la menor en el juicio y sin atender los
requerimientos de Convenio de Estambul para este tipo de casos. La niña y su
familia argumentan que tras el concierto fue sometida a sumisión química,
llevada a un hotel y violada. Pero el juzgado ha apreciado contradicciones
entre la primera declaración de la víctima en urgencias y la que luego hizo
ante el forense (es una persona con discapacidad). Tampoco ha sido incriminatoria
la declaración de la recepcionista del hotel, ni la de la amiga de la víctima,
que no vieron nada.
Es reciente la sentencia contra el futbolista Mir, creyendo
a la víctima de aquel caso. ¿Qué debe prevalecer, el testimonio de una menor
discapacitada o la de un famoso exdrogadicto? Antes se cantaba a coro en las calles “yo si te creo”, salvo
que seas mentalmente débil, parece.

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