Todos, en algún momento del dia nos cobijamos en un bar. El nuestro es cálido, bullicioso, rico y propenso a la charla y el amigueo. Pero no vamos allí cada día por sus maravillosos pinchos, ni por las cañas bien tiradas, ni siquiera por ese hueco junto a la ventana que casi siempre encontramos y que es nuestro refugio cálido en invierno y nuestra ventana de luz en estos días. Vamos a nuestro bar por David. David es nuestro camarero.
Como diría Bisbal un máquina. Atento, dispuesto, amable, sonriente, eficaz, comprensivo y buena persona. Tiene pocos años más que yo y ya es un trabajador experto. Entramos, nos sentamos o nos acomodamos en la barra, y sobre el jaleo del bar se escucha su voz poderosa: “Seis cañas para la dos”. Y luego viene el picoteo, y las sonrisas, y el compadreo.Está casado, y tiene una niña pequeña, Lucia, que hemos
visto crecer en las fotos de su móvil que nos exhibe con orgullo a la que
puede. David es ingeniero, pero su novia se quedó embarazada y las necesidades
del bebe les hicieron trabajar a los dos, en lo que saliese. Su mujer es
enfermera, pero todo lo que le ha ofrecido la vida es un trabajo de auxiliar, a
relevos, en un geriátrico de la ciudad. Él va tirando con los trabajos que le
va dando una ETT en la que está apuntado y por las tardes en el bar.
Pero el martes, cuando fuimos después de la playa no estaba.
Nuestra sonrisa no estaba y el dueño nos dijo que no volvería. Hoy le he
encontrado en un centro comercial, comprando ropa a Lucia. Trabajaba diez
horas, aunque su contrato temporal solo contaba seis, ya sabéis, para pagar y
cotizar menos, y cuando David ha pedido el pago de sus horas extras le han echado.
Y me ha dicho que se va. No sabe a donde ni como, pero los
tres se van, a buscar una vida que Cantabria les niega.
Hoy es un día en que todos los medios hablan de otro David y
de lo que influirá en su hermano. De política, de esa que nos entretiene, como
el antiguo Sálvame, pero que no nos da de comer. A mi ese David no me interesa,
a mi me interesa el de mi bar, mi amigo.

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