Por años, Haití ha sido una tierra golpeada por desastres naturales, pobreza extrema y crisis políticas cíclicas. Pero lo que hoy ocurre en el corazón del Caribe supera cualquier escenario anterior: Haití se ha convertido, a los ojos del mundo, en un Estado fallido. En sus calles no gobierna el gobierno, sino las pandillas. La ley se aplica por el cañón de un fusil, y el miedo es la única autoridad que todavía funciona.
En Puerto Príncipe, casi el 90 % del territorio urbano está bajo control efectivo de grupos criminales organizados. Las federaciones G9 y Fanmi Alye o G-Pèp manejan los barrios como pequeños reinos: imponen toques de queda, cobran impuestos, controlan rutas de transporte, distribuyen alimentos y deciden quién puede o no moverse entre zonas. Lo que alguna vez fue el poder del Estado, hoy pertenece a las armas.
“Las pandillas no son ya simples grupos violentos; son estructuras de poder que reemplazan al Estado”, explica un informe de la Global Initiative Against Transnational Organized Crime. Las instituciones oficiales apenas existen fuera del papel: la Policía Nacional Haitiana, mal pagada y sin recursos, ha perdido cientos de agentes en emboscadas; el Parlamento no sesiona desde hace años; y el Ejecutivo, encabezado por un primer ministro sin legitimidad democrática, apenas sobrevive entre ruinas.
El punto de quiebra llegó en julio de 2021, cuando el presidente Jovenel Moïse fue asesinado en su propia residencia. El magnicidio, aún sin esclarecer del todo, abrió un vacío de poder que las bandas aprovecharon de inmediato. Sin elecciones, sin jueces independientes y con un sistema judicial paralizado, el país quedó a la deriva.
La violencia, sin embargo, tiene raíces más hondas. Tras el devastador terremoto de 2010, miles de presos escaparon y se reagruparon en bandas armadas. A la par, el narcotráfico y el tráfico de armas encontraron en Haití un corredor ideal hacia Estados Unidos y América Central. Las armas de asalto, que ingresan mayoritariamente desde Florida, fortalecieron a las pandillas y les dieron poder de fuego superior al de la policía.
Con la economía en ruinas —más del 60 % de la población vive bajo el umbral de pobreza—, muchos jóvenes no ven otra opción que unirse a esos grupos. Las pandillas ofrecen lo que el Estado no puede: comida, protección y un sentido de pertenencia. Pero el precio es la violencia perpetua.
Mientras tanto, la comunidad internacional observa con impotencia —o indiferencia— el hundimiento haitiano. Naciones Unidas autorizó una Misión Multinacional de Apoyo a la Seguridad liderada por Kenia, pero su despliegue ha sido lento y limitado. Apenas unas centenas de agentes han llegado al país, insuficientes frente a miles de hombres armados que dominan la capital.
La historia de intervenciones extranjeras en Haití es larga y accidentada: ocupaciones, misiones de paz, ayudas humanitarias mal gestionadas y promesas incumplidas. La población, cansada de ver fuerzas extranjeras que vienen y van sin dejar resultados duraderos, mira con desconfianza cualquier nuevo intento.
“La comunidad internacional no ha sido cómplice por acción, sino por omisión”, señala Foreign Policy. Los países donantes discuten quién debe pagar la factura, las potencias regionales miran hacia otro lado y las sanciones económicas apenas arañan la superficie del problema.
Hoy, más de un millón de haitianos han sido desplazados por la violencia. Las escuelas permanecen cerradas, los hospitales apenas funcionan y los alimentos escasean en los mercados. La anarquía se ha vuelto la norma. En barrios como Carrefour o Cité Soleil, las madres duermen con sus hijos en el suelo para evitar balas perdidas, y los secuestros se pagan con la vida o con todo lo que se tiene.
Fuentes consultadas:
- Global Initiative Against Transnational Organized Crime: “Haiti caught between political paralysis and escalating violence” (2024).
- Foreign Policy: “Haiti Faces Home-Grown State Failure” (2023).
- The Conversation: “How Haiti became a failed state” (2024).
- Haiti Response Coalition Reports (2025).
- ONU – Consejo de Seguridad: informes sobre la situación en Haití (2023-2025).
Fotografía de una barricada en llamas durante una protesta contra la inseguridad y la violencia en Puerto Príncipe (Haití) EFE/ Mentor David Lorens

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