Era un día gris en la ciudad. La lluvia golpeaba los adoquines con la misma violencia con la que ciertos discursos comenzaban a penetrar en la conciencia colectiva. Ana caminaba deprisa, el abrigo ceñido al cuerpo y los pensamientos más pesados que su bolso. En su trayecto al centro de refugiados donde trabajaba, no podía dejar de pensar en la pancarta que había visto la noche anterior: “¡Primero los de aquí!” escrita con letras negras y rojas, al pie de una manifestación encabezada por jóvenes de cabeza rapada y banderas que recordaban demasiado a las de otra época.
La historia, pensaba, no siempre avanza; a veces gira en espiral.
A lo largo de los últimos años, los discursos de odio contra inmigrantes habían dejado de ser marginales. Lo que antes se murmuraba en círculos reducidos o foros anónimos, ahora se gritaba en plazas públicas y se difundía por canales oficiales. Líderes de extrema derecha, arrogándose el papel de salvadores de la patria, apuntaban con el dedo a los recién llegados como culpables de todos los males: el desempleo, la inseguridad, el supuesto colapso cultural.
Ana había leído sobre esto en los libros de historia. En la Europa de los años 20 y 30 del siglo XX, el miedo y la crisis económica se habían convertido en combustible para ideologías totalitarias. En Alemania, la República de Weimar fue devorada desde dentro por una creciente desconfianza hacia la democracia, alimentada por el desempleo masivo, la humillación del Tratado de Versalles y la propaganda antisemita. En Italia, Mussolini capitalizó el resentimiento nacionalista para instalar su régimen fascista. El patrón era claro: una sociedad herida buscaba culpables, y los populistas siempre estaban listos para señalarlos.
Hoy, cien años después, Europa parecía coquetear con los mismos fantasmas.
En el parlamento, los partidos tradicionales titubeaban. La socialdemocracia se debatía entre la corrección política y la necesidad de recuperar votos perdidos. Los conservadores, temerosos de la fuga hacia la ultraderecha, adoptaban parte de su retórica en un intento por mantenerse relevantes. Así, los valores democráticos –la solidaridad, el pluralismo, los derechos humanos– comenzaban a parecer más un estorbo que una brújula.
Mientras tanto, en la periferia de las ciudades, hombres y mujeres como Samir, el joven sirio con el que Ana trabajaba, sobrevivían entre la precariedad y el desprecio. Había huido de la guerra, cruzado fronteras con su madre enferma, aprendido el idioma en un año y conseguido trabajo en una panadería. Pero a pesar de todo, seguía siendo “el otro”, “el extranjero”.
Un día, al salir del trabajo, fue atacado por un grupo de adolescentes que lo llamaron “terrorista” antes de golpearlo. La policía lo interrogó más a él que a sus agresores.
La impunidad y la normalización de estos hechos eran tan alarmantes como los actos mismos. Ana lo sabía: cuando la violencia se justifica con discursos públicos, cuando los medios de comunicación repiten frases como “crisis migratoria” sin hablar de las guerras o la desigualdad global que la provoca, cuando se permite que líderes políticos construyan carreras sobre la exclusión, la democracia comienza a vaciarse por dentro.
Había también otra similitud con los años 30: la indiferencia. Entonces, muchos creyeron que Hitler no duraría, que su retórica era pura exageración. Hoy, muchos piensan que los partidos de extrema derecha no llegarán al poder absoluto, que las instituciones resistirán. Pero Ana veía cómo, elección tras elección, la marea subía. Y con ella, el riesgo de que un nuevo autoritarismo, disfrazado de voluntad popular, se instale en el corazón de Europa.
Al llegar al centro, Ana saludó a Samir, quien a pesar de todo, sonreía. Pensó entonces que la resistencia no siempre era una gran manifestación o un discurso vibrante. A veces era simplemente seguir creyendo en el otro, en su dignidad. Seguir trabajando en silencio por una idea de humanidad que no conociera fronteras.
Pero también sabía que no bastaba. Que era hora de hablar, de actuar, de recordar. Porque lo que está en juego no es solo el destino de los inmigrantes. Es el alma de Europa, de sus pueblos, de su historia. La historia que, si no se aprende, tiende a repetirse.
Fuentes:
- Snyder, Timothy. Sobre la tiranía. Galaxia Gutenberg, 2017.
- Judt, Tony. Posguerra: una historia de Europa desde 1945. Taurus, 2006.
- Traverso, Enzo. Los nuevos rostros de la derecha radical. Siglo XXI Editores, 2019.
- Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Alianza Editorial, 2006.
- Kershaw, Ian. Ascenso y caída del Tercer Reich. Península, 2011.
Imagen El Mundo

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