jueves, 15 de enero de 2026

Atrapados en la niebla


La idea de que Estados Unidos pudiera extender su soberanía sobre Groenlandia cayó como una sombra larga y fría sobre la isla. Para muchos en Washington fue presentada como una excentricidad más de Donald Trump, una maniobra geopolítica envuelta en bravatas sobre seguridad y recursos estratégicos. Para la población local, sin embargo, el anuncio reabrió heridas antiguas y despertó un miedo profundo: el temor a perder, una vez más, el control sobre su tierra, su futuro y su forma de vida.

Groenlandia no es un espacio vacío en un mapa, aunque así aparezca en muchos discursos de poder. Es el hogar ancestral del pueblo inuit, cuyas comunidades han vivido durante siglos en estrecha relación con el hielo, el mar y los animales que los rodean. La caza de focas, la pesca y un equilibrio delicado con un entorno extremo no son simples tradiciones: son la base de su identidad. Ante las ambiciones estadounidenses, el miedo no se centra solo en un cambio de bandera, sino en la posibilidad de que decisiones tomadas a miles de kilómetros destruyan ese equilibrio.

Las declaraciones de Trump sobre “comprar” Groenlandia fueron acompañadas por un interés explícito en sus recursos naturales. Bajo el hielo se esconden minerales estratégicos: tierras raras, uranio, hierro y petróleo. Para las grandes potencias, estos recursos representan independencia tecnológica y poder económico. Para muchos groenlandeses, representan contaminación, minas a cielo abierto, carreteras que atraviesan territorios sagrados y un impacto irreversible en ecosistemas ya frágiles por el cambio climático. El deshielo acelerado del Ártico, que para los inuit es una amenaza existencial, se convierte así en una oportunidad económica para actores externos.

El temor más profundo no es solo ambiental, sino político. Aunque Groenlandia cuenta hoy con un alto grado de autogobierno, la historia les ha enseñado que las promesas de respeto pueden romperse con facilidad. Durante décadas, Dinamarca ejerció un control colonial que buscaba “modernizar” a los inuit, muchas veces ignorando su voluntad. Uno de los episodios más dolorosos salió a la luz recientemente: la esterilización forzada de mujeres inuit en las décadas de 1960 y 1970, realizada sin consentimiento informado, como parte de políticas de control poblacional. Aquella violencia silenciosa no solo afectó cuerpos individuales, sino la continuidad misma de comunidades enteras.

Ese pasado pesa hoy sobre cualquier discusión acerca del futuro. Para muchos groenlandeses, las palabras de Trump evocan la misma lógica colonial: grandes potencias que ven la isla como un objeto, no como una sociedad viva. El miedo a perder la capacidad de decidir su propio destino se mezcla con la memoria de decisiones impuestas, de lenguas y costumbres despreciadas, de políticas “racionales” que ignoraron la dignidad humana.

En los pueblos costeros, donde el hielo determina los ritmos de la vida cotidiana, la conversación gira en torno a preguntas inquietantes. ¿Quién decidirá si se abre una mina? ¿Quién asumirá las consecuencias cuando el agua se contamine o los animales migren? ¿Valdrá más el beneficio económico global que la supervivencia local? La posibilidad de una mayor presencia estadounidense —militar, económica y política— despierta el temor de que la autodeterminación se diluya bajo acuerdos firmados sin verdadera consulta popular.

La ambición sobre Groenlandia no es solo una cuestión de geopolítica ártica. Es un espejo de una historia repetida, en la que los pueblos indígenas deben luchar una y otra vez para que su voz sea escuchada. Para los inuit, el futuro no se mide en toneladas de minerales ni en ventajas estratégicas, sino en la posibilidad de seguir viviendo como pueblo, de transmitir su cultura a las siguientes generaciones y de sanar las heridas del pasado sin que nuevas potencias vuelvan a abrirlas.

En el silencio blanco del Ártico, el miedo no grita, pero persiste. Es el miedo de desaparecer lentamente, no por el frío, sino por decisiones ajenas. Y es también una advertencia: Groenlandia no está en venta, porque no es una cosa, sino un hogar.

Fuentes:

  • BBC Mundo, reportajes sobre Groenlandia, Donald Trump y el interés de EE. UU. en el Ártico.

  • The Guardian, artículos sobre minería en Groenlandia y preocupaciones medioambientales.

  • DR (Radiodifusión Danesa), investigaciones sobre esterilizaciones forzadas de mujeres inuit.

  • Human Rights Watch, informes sobre derechos de pueblos indígenas en el Ártico.

  • Naalakkersuisut (Gobierno de Groenlandia), comunicados sobre autodeterminación y recursos naturales.


Imagen La Vanguardia

No hay comentarios:

Comparte en las Redes

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...