sábado, 26 de enero de 2013

Szent Itsvan, el final de la armada imperial austriaca


Uno de los episodios más fascinantes y desconocidos de la Primera Guerra Mundial y, en general, de la historia política europea es el del papel de las marinas de guerra de las que, para algunos, han sido las potencias secundarias europeas. El Imperio Austriaco, el país que ha pasado a la historia por ser, con su invasión de Serbia, el iniciador de la Gran Guerra, tiene mucho que decir en esta historia.

Austria no había sido, en las edades media y moderna, una potencia naval, al ser, como era un país casi sin salidas al mar, dado el expansionismo otomano, y con poca vocación marítima. 
La posesión por los Habsburgo de la corona española había hecho que sus necesidades navales quedaran cubiertas por la marina española y sus aliados italianos. 
Precisamente las divergencias, durante las alianzas y contralianzas del XIX, entre italianos y austriacos, y su rivalidad durante el proceso de la unificación italiana, que pasaba por la salida de los cisalpinos del Veneto y la Lombardia, hicieron ver a los monarcas austriacos la necesidad de una fuerza naval que defendiese sus intereses en el Adriático, y la diera el caché de potencia europea.

Así, en 1867 la monarquía dual (Austro Hungría), decidió crear la fuerza naval del Imperio austrohúngaro, con el nombre oficial en alemán era Kaiserliche und Königliche Kriegsmarine, es decir, Marina de Guerra Imperial y Real (Imperial de Austria y Real de Hungría), más conocida por KuK Kriegsmarine.
Sus arsenales y bases principales se encintraban en Triste (actual Italia), Pola (Croacia) y Cattaro. Buenos puertos, y diques (como el de Pola) de los más grandes y mejores del Mediterráneo. Hasta la Gran Guerra, Austria había intentado superar sus carencias (falta de tripulaciones y mandos bien adiestrados, de vocación marinera y de buenos constructores, con dinero y empeño, en una flota desigual en su concepción, construcción y organización.
En esos años, la armada austriaca había participado, con cierto éxito en expediciones al Ártico, en la lucha, junto a otras potencias, contra la rebelión china de los Boxer, y en distintas operaciones estratégicas en el Mediterráneo, como en la intervención aliada en Creta contra los intereses turcos y a favor de Grecia.

En los primeros años de guerra,, el mando imperial había intentado emplear la flota con prudencia, a fin de mantener su potencial disuasoria, a la vez que emplearla en operaciones de castigo contra los aliados en el frente italiano y del Adriático, sirviendo como una primera línea de choque, o entretenimiento, contra los aliados, más pendientes de la amenaza otomana.
Los austriacos habían contado, para cumplir ese objetivo con la inestimable ayuda de la ineptitud aliada, que mantenía en el Mediterráneo oriental una confusa fuerza naval, mal coordinada y enfrentada por egos irreconciliables y barreras lingüísticas que evitaron durante toda la guerra la cohesión de las armadas de la Entente.
Pese a ello, el potencial humano de la armada imperial no dejaba margen para grandes operaciones. Entre 1915 y 1917, la actividad naval imperial se limito a operaciones de castigo contra las costas italianas, su antiguo aliado y el hostigamiento de bases aliadas y convoyes mercantes. En esa línea se inscriben los bombardeos de las ciudades italianas de Ancona, Rimini, Vieste, Manfredonia, Barletta, y de las líneas de comunicación costeras de ese país (puentes, carreteras, dársenas y ferrocarriles). La única batalla reseñable se produciría en 1917, en el ataque de la flota imperial contra Durazzo, donde italianos y franceses intentaban el Dunkerque del ejercito serbio. Pese al inicio favorable a Austria de la operación, un campo minado hundió dos destructores y dejado averiados a otros tantos, lo que provoco la reducción de operaciones de la K.u.K. Kriegsmarine.
Pese a que la batalla hizo ver a los aliados la vulnerabilidad de sus contrincantes, la escasa capacidad operativa italiana, y el carácter acomodaticio de franceses e ingleses, que se resistían a llevar ellos solos el peso de las operaciones, hizo que la situación bélica se estancara.
En esa inactividad aparente también influía la construcción por los aliados, a principios de la guerra, de la llamada barrera de Otranto, en el estrecho del mismo nombre, que con mallas anti submarino y de superficie, barreras flotantes y barcazas cañoneras y dotadas con cargas de profundidad impedía a Austro-Hungría salir al Mediterráneo, a Alemania apoyar o actuar en el Adriático, y confería a los aliados una fundada tranquilidad.




Con su marina casi intacta y poco decisiva en la guerra, la posición del almirante Horthy, máximo jefe de la flota imperial se había vuelto delicada, y al borde de la caída en desgracia, algo fácil y peligroso en un sistema autoritario como el imperial, al ser poco menos que acusado de inutilidad, sino de cobardía. Ello impulsaría al almirante a diseñar una operación, arriesgada y mal preparada para destruir la barrera. Una operación más para su mayor gloria, que para la de Austria.

Junto al interés político y militar de la operación, la barrera de Otranto suponía una creciente asfixia para la economía austriaca, privada de suministros vitales como combustibles. Para solventar esas dificultades, la armada imperial realizaría, a lo largo de 1917, cuatro pequeños ataques contra la barrera. Su fracaso abriría la necesidad de una operación de más envergadura, a instancia de Horthy.
El primer gran intento de ataque se produciría entre el 14 y el 15 de mayo de 1917. El alto mando imperial diseño una operación amplia, que incluía el bloqueo con submarinos del puerto de Brindisi, para impedir la llegada de refuerzos aliados en medio del ataque. La KuK Kriegsmarine consiguió destruir un convoy de municiones, 14 barcazas artilladas y dos destructores aliados. Pero la falta de combustible y de reservas llevó a la flota, liderada por los destructores SMS Czepel, SMS Balaton, SMS Novara, SMS Saida y SMS Helgoland, a poner rumbo al norte para buscar abrigo y reponer. La falta de decisión del mando impidió culminar la acción, al tiempo que los aliados se apresuraban a reconstruir la barrera.

Los planes de ataque quedarían interrumpidos tras la rebelión de los casi cuarenta buques imperiales de la flota de Bocas de Kotor, cuyos marineros clamaban por mejores condiciones y por el final de la guerra.
La revuelta se saldó con la ejecución del líder de la revuelta, el bohemio František Raš, el hundimiento de algunos barcos por la artillería de costa, leal al monarca y la muerte o encarcelamiento de casi un millar de marineros. Un golpe muy duro, que obligó al almirante imperial, cada vez más debilitado, a impulsar un último intento, ya en las postrimerías de la guerra de salvar el honor de la flota y reconducir un conflicto que se veía ya desesperado.

Para ello Horthy planeo una operación contundente, con lo más granado de la flota, sus poderosos acorazados de la clase Tegethoff, que casi no había, en cuatro años, entrado en combate. El origen de estos barcos se encontraba en las viejas rivalidades con su vecino italiano, que habían impulsado, incluso desde antes de la Gran Guerra, a un programa de rearme naval, más espectacular que operativo. Para ello, Austria había construido en los astilleros húngaros Ganz&Company, el acorazado Szent István, en honor al primer rey cristiano de Hungría, San Esteban (en castellano), hermano de los poderosos Viribus Unitis, el Tegetthoff (que daba nombre a la clase) y el Prinz Eugen.
Frente a esos monstruos marinos, Italia había apostado por un arma más sencilla, pero que a la postre se revelaría más eficaz, las lanchas torpederas MAS (Motoscafo Armato Silurante), con motores con sistema silencioso para facilitar su sigilo.
Amparados en la noche, la flota imperial saldría en dirección a Otranto en la madrugada del 10 de junio de 1918, en dos grupos de combate, liderados el primero por el acorazado Tegetthoff, y el segundo por el novísimo Szent Itsvan, recién salido de astilleros tras algunos meses de reparación y modernización, las joyas, por tanto, de la armada.




La inminencia del final de la Guerra, sino se remediaba, y la baja moral del país, habían llevado a montar una operación apresurada, donde se había dado prioridad a acomodar a la prensa, que filmaría la gran victoria, que a los preparativos militares.
Los dos grupos navales saldrían con 1 hora de diferencia, para evitar una flota tan numerosa que fuera detectada. Pero tras el primer grupo, cuando la flotilla del Szent Itsvan se disponía a salir, se topo con la barrera de su puerto cerrada. El oficial de operaciones no se había coordinado con el capitán del puerto. La flota salió con más de una hora de retraso, lo que impediría llegar al punto de encuentro a la hora convenida y evitaría actuar de noche.
Cuando el acorazado austriaco, que navegaba a toda maquina, se disponía a llegar al punto de encuentro acordado, para iniciar el ataque a Otranto, con parte de la tripulación dormida, una lancha torpedera italiana, capitaneada por el teniente Luiggi Rizzo, consiguió colarse en medio de la formación austriaca, sin ser detectada, y lanzar dos mortales torpedos contra el Szent Itsvan.
Ante la mirada consternada del resto de la flota, y de su gemelo, el Tegetthoff, el buque se hundía, y con el las posibilidades de ataque, y el destino de Austria y de su almirante. Todo ello filmado por los periodistas embarcados. Murió un centenar de hombres, el estado perdió millones con aquel barco y quedo demostrada la inutilidad, en la guerra moderna, de aquellos gigantes del mar.
Junto a la dirección de la campaña, muy errónea, el barco encontró su muerte en su diseño, realizado en los astilleros húngaros de Ganz&Company, una empresa sin experiencia en este tipo de buques, que había permitido las imposiciones técnicas de los militares, que habían impuesto un buque de bajo desplazamiento, para aumentar su velocidad, descompensado con un centro de gravedad muy alto, agravado por el peso de sus gigantescos cañones de 305 mm. Y que carecía, para ser más ligero y maniobrables, de redes anti torpedo

Tras el incidente la flota no volvió a actuar, siendo entregada, casi intacta, al nuevo reino de Yugoslavia, nacido de los tratados de Versalles, para que no cayese en manos aliadas. La entrega incluía buques de guerra y mercantes, puertos, arsenales y fortificaciones costeras. Pese a ello, la mayor parte de los buques fueron apresados por las marinas italiana y francesa, acabando sus días la gloriosa flota imperial, sirviendo como blanco en las prácticas de tiro de la marina gala.

Imágenes de wikipedia.org y wiribusunitis.ca

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