Sin duda el hombre es uno de los animales más contradictorios del planeta. En unos días, la madura y educada población israelí votará a su ejecutivo y su legislativo. Casi al mismo tiempo, soldados israelíes quemaban casas, echaban a sus habitantes y detenían y asesinaban palestinos en Hebrón, como represalia a la muerte de dos soldados judíos en un enfrentamiento con Hamás. Los mismos ciudadanos que votarán pacíficamente, respaldan a Netanyahu en esa respuesta violenta y desproporcionada contra la población palestina para, según él, defender la existencia del Gran Israel a cualquier precio.
El pasado 23 de octubre, en la entrega
de los Premios Princesa de Asturias en Oviedo, el rey Felipe VI defendía que la
democracia se defiende día a día, y no se reduce al voto, la separación de
poderes o la existencia de leyes justas, si estás no vienen acompañadas de una
forma de actuar y comportarse ética y moral, por parte de los ciudadanos con la
gente y con el mundo que los rodea.
La idea no es nueva. Cuando Europa
luchaba por su existencia y sus libertades contra la barbarie de los nazis, el
primer ministro británico, Winston Churchill, ya lo dejo claro: “La democracia
no es solo un sistema político, es un sistema moral. Un país es democrático si
sus ciudadanos participan, defienden los derechos humanos, la justicia social,
la libertad, la igualdad de oportunidades, la tolerancia y el imperio de la
ley, al tiempo que pueden elegir y controlar a quienes les gobiernan. Si no,
los hombres serán dominados por el caos y la tiranía”. Tiempo después, el gran
poeta portugués José Saramago se lo recordaba a sus compatriotas: “Una sociedad
empieza a perderse cuando la costumbre consigue que lo injusto parezca normal”.
No me niego a que aceptemos que un estado como el israelí sea una democracia
como las europeas, cuando ha convertido en costumbre la agresión a sus países
vecinos, el genocidio, la violencia contra parte de sus habitantes o la
violación de derechos humanos.
Lo que están haciendo los israelíes es
crear aquello de lo que ya nos avisó el gran periodista estadounidense Edward
Murrow: “Una nación de ovejas, engendra un gobierno de lobos”.

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