
Anoche estuve sola. También el amor se toma pausas, y se enfada, y se oculta. Pero aunque a veces no encuentre palabras sigue ahí. Acurrucado en un rincón, esperando que el otro borre una frase, y te levante del suelo, y te de cobijo en su pecho.
La distancia de un mar interpuesto ha bastado para hacer brotar con hondura la disolución moral, los efectos contradictorios y la devastación personal en aquellos a los que la guerra civil y las dos posguerras españolas desenraizaron y volvieron a plantar en las Américas. Colonias de emigrantes forzados, hombres, en especial, condenados al exilio en su propia alma. Un alma desgarrada, casi inexistente ya, humeante y amenazadora como un rescoldo.
Nunca encontraré palabras suficientes para describir la fascinación que en mi despierta la capacidad del actual gobierno español para desatar batallas crueles, cuando una breve plática solucionaría antes las cuestiones, y con menos bajas.
No todo lo que se ve es cierto, y mucho menos en el mundo del arte, donde el complemento del nombre de la frase dista mucho de estar definido.





