miércoles, 11 de febrero de 2026

Goldman se jubila


En estos tiempos en que los gobiernos, en su inmensa sabiduría, nos instan a trabajar más, a rendir más, a ser más eficientes y a vivir menos, se echa en falta una releída a los textos de Goldman.

Emma Goldman (1869–1940) fue una de las figuras más vibrantes e insumisas del anarquismo y el pensamiento feminista de principios del siglo XX. Llegada siendo adolescente a Estados Unidos desde un gueto judío del Imperio ruso, trabajó desde muy joven en fábricas y se radicalizó tras presenciar la brutal represión del movimiento de Chicago, lo que forjó su convicción de que “el anarquismo es el gran libertador del hombre de los fantasmas que lo tenían cautivo”.

Para Goldman, la lucha social nunca estaba reñida con la belleza y el disfrute vital. Criticaba con vehemencia la ascesis y la represión impuesta por el puritanismo, al que consideraba una fuerza que “ha hecho imposible la vida misma. Más que el arte, más que el esteticismo, la vida representa belleza en mil variantes” .

Esa celebración de la vida se resume en su célebre frase: “Si no puedo bailar, no quiero formar parte de tu revolución”. No se trataba de frivolidad, sino de que la lucha por la libertad humana incluía el derecho al goce, al arte, a lo hermoso. En su autobiografía Living My Life, refuta la idea de que los revolucionarios debían renunciar a todo lujo: “Pero las cosas bellas no son lujos… la vida sería insoportable sin ellas”.

Además de su defensa de la belleza, Goldman incorporó en su crítica al capitalismo una idea ligada al trabajo y al ocio. Reconocía que la revolución completa era una meta lejana, y planteaba que no se debería renunciar a conquistas intermedias —como trabajar menos— esperar solamente grandes cambios sistémicos. Como relataba en una charla: un obrero mayor le comentó que no vería la revolución, pero sí merecía ganar “quizás dos horas al día menos de ese trabajo odioso”. Es una defensa del tiempo libre como derecho humano y como justicia temporal.

Estas ideas resuenan hoy con fuerza ante las tendencias de muchos gobiernos por retrasar la edad de jubilación. En varios países, se promueven reformas al alza: por ejemplo, en Francia la edad legal pasó de 62 a 64 tras una polémica reforma; en Reino Unido se está revisando la idea de llevarla hasta los 70 años en algunas proyecciones; China comenzará, a partir de 2025, a elevar progresivamente la edad para hombres y mujeres en diversos sectores.

Los gobiernos argumentan que estas medidas son necesarias por la longevidad creciente, el envejecimiento de la población y la presión sobre los sistemas de pensiones. Pero estas medidas también generan amplio descontento. En Francia, por ejemplo, miles protestaron y artistas satirizaron la reforma animando a llegar tarde al trabajo como forma simbólica de resistencia. El Fondo Monetario Internacional, por su parte, defendió que “los setenta son los nuevos cincuenta”, insinuando que, físicamente, muchas personas están en condiciones de trabajar más tiempo; el debate está servido: ¿es justo exigir más años de trabajo?

Desde la mirada de Goldman, esos gobiernos estarían condicionando el derecho al ocio y al disfrute a una lógica económica, sin valorar los beneficios de trabajar menos y vivir más. Es una tensión directa con sus ideas de que la lucha colectiva debe servir para liberar cuerpo, mente y espíritu, y no solo para postergar el descanso. En términos contemporáneos, hay alternativas inspiradas en esa visión: modelos como la jubilación parcial o la reducción de la jornada laboral permiten trabajar menos —y seguir aportando económicamente— sin sacrificar la calidad de vida. En Europa, muchos trabajadores mayores querrían trabajar menos horas; esquemas de retiro parcial, combinados con pensiones, ya están vigentes en países como Suecia, Bélgica o Francia. Además, hay estudios que sugieren que trabajar menos, pero más constantemente a lo largo de los años, puede incluso mejorar la fertilidad, la salud y el bienestar general.

Así, si Emma Goldman viera hoy cómo los gobiernos retrasan la jubilación, probablemente argumentaría que ese enfoque es injusto y utilitarista: coloca el peso del gasto público sobre los hombros de generaciones que no deberían perder el derecho a disfrutar del presente. En cambio, ayudaría la implementación de modelos flexibles que reconozcan el derecho social al ocio, un planteamiento que hoy está consagrado en la Declaración Universal de Derechos Humanos y otros instrumentos —como el derecho al descanso y al tiempo libre.

En resumen, Emma Goldman fue una apasionada defensora de la libertad individual, del arte, del disfrute de la vida y de la dignidad humana frente a las imposiciones del Estado y del capital. Su legado invita a cuestionar políticas que alargan innecesariamente años de trabajo, y a reconsiderar un modelo laboral que, más justo y creativo, reconozca el valor de vivir bien, no solo vivir más.


Fuentes utilizadas:

Imagen Cal Alumni Asociation

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