En muchas escuelas se habla con orgullo de la diversidad en las aulas, pero no siempre es sencillo gestionarla. De vez en cuando, surgen situaciones delicadas que ponen a prueba el compromiso de la comunidad educativa con la inclusión. Una de ellas ocurre cuando una familia solicita a la dirección que su hijo no comparta clase con determinado compañero. La petición, aunque aislada, plantea preguntas profundas: ¿Qué significa educar en la diversidad? ¿Qué papel cumplen los derechos de los niños? ¿Cómo deben actuar las instituciones educativas frente a estas demandas?
La Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por la mayoría de los países del mundo, establece en sus artículos 28 y 2 que todo niño tiene derecho a la educación sin sufrir discriminación por motivos de origen, religión, condición social, discapacidad o cualquier otra circunstancia. Esto significa que, desde un punto de vista legal y ético, ningún alumno puede ser apartado de un aula por presión de otras familias.
La escuela, en tanto institución pública o privada con función social, debe garantizar un entorno inclusivo y equitativo. Permitir que un estudiante sea excluido equivaldría a legitimar prejuicios y vulnerar derechos fundamentales.
Las familias que piden separar a un niño de su hijo rara vez lo hacen de manera abierta. En muchos casos, expresan preocupaciones que reflejan prejuicios sociales: temores frente a alumnos con discapacidad, rechazo hacia niños migrantes, rumores sobre la conducta de un estudiante o incluso diferencias religiosas.
Otras veces, la solicitud surge de conflictos previos entre los menores: peleas en el patio, problemas de convivencia o discusiones que escalan hasta involucrar a los padres. En un contexto de tensiones, pedir la separación puede parecer la salida más rápida. Sin embargo, en lugar de resolver el conflicto, esta medida lo traslada y lo agrava.
También existen miedos infundados. Hay familias que, al escuchar comentarios sobre un alumno, construyen una imagen negativa sin haber tenido un acercamiento real. En estos casos, la desinformación juega un papel determinante.
Frente a estas situaciones, el centro educativo se convierte en un mediador clave. Lo primero es escuchar a la familia y comprender sus inquietudes, sin caer en juicios inmediatos. El diálogo es necesario para bajar la tensión y transmitir que la escuela está abierta a la participación de todos los padres.
Sin embargo, el límite debe quedar claro: no se elige con quién compartir clase. La organización de los grupos responde a criterios pedagógicos y administrativos, no a preferencias individuales. La tarea de la institución es explicar que la diversidad es una oportunidad de aprendizaje y que el respeto mutuo es un valor irrenunciable.
Además, la escuela tiene la responsabilidad de trabajar con los estudiantes en educación para la convivencia, a través de actividades que fortalezcan la empatía, el respeto y la resolución pacífica de conflictos. Si existieron incidentes entre los niños, puede recurrirse a la mediación escolar o al acompañamiento de equipos de orientación.
Negarse a separar a los alumnos no significa desatender las preocupaciones familiares. Al contrario, es una ocasión para promover una cultura de inclusión. Algunas estrategias efectivas incluyen:
- Reuniones informativas para aclarar dudas y desmontar prejuicios.
- Proyectos de integración en el aula que muestren el valor de la diversidad.
- Espacios de mediación en caso de conflictos entre compañeros.
- Campañas de sensibilización que involucren a toda la comunidad educativa.
En este proceso, los docentes cumplen un papel central: son quienes modelan actitudes y pueden convertir un conflicto en una oportunidad pedagógica.
El pedido de separar a un niño de un grupo no es simplemente un asunto administrativo; es un reflejo de cómo una sociedad entiende la educación y la convivencia. Si la escuela cede a esas presiones, transmite el mensaje de que la diferencia es un problema. Si, en cambio, apuesta por el diálogo y la inclusión, forma ciudadanos capaces de vivir en un mundo plural.
Al final, cada vez que una familia pide que su hijo no comparta clase con otro, la pregunta de fondo es la misma: ¿qué valores queremos enseñar a nuestros niños? La respuesta no debería dejar lugar a dudas: inclusión, respeto y convivencia son principios que no se negocian.
Fuentes
- Convención sobre los Derechos del Niño, Naciones Unidas, 1989.
- UNESCO (2020). Guía para garantizar la inclusión y la equidad en la educación.
- UNICEF (2021). La educación inclusiva: derecho y oportunidad para todos los niños.
- Save the Children (2019). Educación inclusiva y no discriminación en las aulas.
- Ministerio de Educación [país del usuario] – Normativas sobre convivencia escolar e inclusión educativa.
Imagen Magisnet

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