miércoles, 27 de noviembre de 2019

Gracias maestros




Hay días que cambian una vida y días, como el de hoy, que recuerdan a quienes lo hacen posible.
Trabajar dentro de un aula es aceptar ser parte de la magia de intervenir en el desarrollo de una vida, de muchas vidas, ayudar a crecer, ayudar a descubrir anhelos, aportar para crear sueños y que otros los vivan.
Quizá cuando somos jóvenes no somos conscientes de lo importantes que son nuestros maestros, esas mujeres y hombres que se sientan a tu lado, que te miran de forma inquisitiva para descubrir que falla para que seas lo que tu quieres y darte un empujón tan grande que te acerque a tu cielo.
Pero un maestro no es solo quien tiende su mano a un alumno. Un maestro es todo aquel que irradia cariño, fuerza, estima, ambición y una fuerza irrefrenable de construir un mundo mejor a todo aquel que le rodea.
Yo me acuerdo mucho de mis maestros. De los que siendo niño, me enseñaron a soñar sin cerrar los ojos, de quienes me ayudaron a encontrar un mundo en cada libro y cada palabra. De quienes me empujaron a vivir, con su mano osca y su voz llena de cariño. De quienes me enseñaron a descubrir la belleza de la Tierra. De quienes me descubrieron el valor de todas y cada una de las personas.
Pero a menudo olvidamos que los buenos maestros no siempre nos dan clase dentro de un aula, ni son mayores que nosotros ni viven solo del rigor académico. A menudo la vida es más compleja y generosa y la fortuna se esconde en nuestros compañeros.
Hace treinta y dos años un cúmulo de casualidades me llevó a las puertas de La Paz, el que hoy es mi colegio. Todavía recuerdo el primer día, y como a cada paso que daba se extendía una mano atada a una sonrisa, y siempre con el mismo sonido, “bienvenido, para lo que necesites, cuenta conmigo”. Yo los veía como los sigo viendo, gente importante, maestros, gente noble, entregada y dedicada a ayudar a otros a construir su vida, para que sea tan grande y feliz como ellos quieran. Aquel día supe que no podría irme hasta no pagarles una deuda, que sigo sin saldar.
El resto solo han sido alegrías. Entre aquellos pasillos encontré a los que hoy son mis mejores amigos, allí encontré a la mujer de mi vida, he visto correr a mis hijos, he visto crecer a los de otros sintiéndolos míos, y he aprendido cada día de mis compañeros.
Hoy he estado buscando fotos de los que un día me acogieron, me enseñaron, me arroparon, me siguieron, me apoyaron y me hicieron persona. Por eso escribo frecuentemente sobre ellos, para que antes de irme todo el mundo sepa en que extraordinarias personas confían a sus hijos.
No he encontrado una foto de todos, Pero los que aquí salen me parecen una gran representación de tantos y tantos a los que debo mil gracias y un perdón por enseñarme y soportarme con dos corazones.

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