lunes, 11 de abril de 2011

La noche del País


Se ha convertido en los últimos años en una sana costumbre. Un grupo de alumnos y algunos profesores de La Paz, que aplazamos nuestras cuitas y menesteres para compartir, a lo largo de veinticuatro horas, un sueño pequeñito, hacer un periódico. Y entre sus páginas, vivir juntos, compartir un pedazo pequeñito de nuestras vidas, conocer todo que nos une, y que a veces inconscientemente olvidamos, y mirarnos desde más cerca, tan cerca, que incluso oímos así, por primera vez, nuestro corazón.

Solíamos decir los delegados de curso, en mis lejanos tiempos de bachillerato, que la educación tiene paredes frías. Que nos empecinamos en exaltar el tedio y las monótonas jornadas dedicadas a sesudos temas académicos, o a empantanarnos en discusiones, que pronto descubres irrelevantes, entre compañeros, con alumnos o con cualquier transeúnte de nuestro pequeño reino.
Vivimos en la educación envueltos en una vorágine de trámites administrativos, controles de faltas, procesos de calidad, temarios, programaciones, exámenes, visitas, fechas, incidencias, quejas, conflictos y mediaciones, que oímos a diario tantas voces, que en ocasiones no escuchamos ninguna. Y a veces, aunque solo sea un ratito, necesitamos regresar a aquel sueño que nos llevó a ser maestros. Sentarnos quietos entre nuestros alumnos, escuchar sus risas, oler su llanto, tocar sus sueños, paladear sus chanzas, percibir sus caras de sorpresa (esas que se nos quedan a todos cuando descubrimos poquito a poco como es el mundo, y por nosotros mismos) y, si hay suerte, y Dios nos quiere, reencontrarnos con aquellos a los que hemos ido despidiendo, y que a tu llamada regresan, pero ahora ya como amigos, porque ya nada puedes enseñarles.

Buscando otra forma de vivir la educación, hace diez años se nos metió en el cuerpo el veneno de ser periodistas. Pretendíamos usar esta herramienta como una forma de obligar a los jóvenes a mirar al mundo con sus ojos, a diseccionarlo, a generar información, a opinar, a criticar, a desarrollar un sentido ciudadano ... a no ser un receptor pasivo de ideas, conceptos y valores, a crecer con ellos.

No viene al caso si en estos años autoridades educativas, jurados, expertos o instituciones han considerado nuestro trabajo interesante, valioso o merecedor de algún reconocimiento. Cuando el viernes cenaba con ellos, cuando les veía reír a mi alrededor, cuando les encontraba rebuscando en los juguetes de los niños de cinco años, buscando entre ellos su infancia, cuando les vi jugar, cuando les vi tensos, orgullosos o cansados, cuando mire el esfuerzo de sus compañeros mayores, entonces comprendí que aquello servia para algo.

Entre café y café, entre página y página corregida, he tenido ocasión de recordar muchas cosas esa noche. Aquella mañana del 91 en que nos escapamos a Puente Viesgo, para entrevistar a Hierro. Las noches en vela, en los hoteles de Salou, jugando a las cartas con Aranguren, o sentado en la moqueta de un pasillo, con Luís, con Esteban o con Bea. Los días de teatro, pintando decorados con Vicente o con Pajares, o ensayando con José Luis o con Menchu. La aventura de la Séptima, en las catacumbas del colegio, con la generación 10. Las conversaciones de los jueves en aquellos días en que teníamos una radio. La necesidad diaria de saber de Pablo, de Álvaro o de Ventu. La tarde en que nos fuimos a Oviedo, sin comer, para escuchar embelesados a Iñaki Gailondo. Las noches de cena y tertulia en mi casa con quienes son ahora amigos. Las charlas en la calle. El viaje a Madrid con los campeones de El país. La mañana del aeropuerto con Rubalcaba, el viaje a Navarra con los de tercero, para mostrar a Hamlet. Los días de riñas, las tardes alegres, las noches sin sueño. Recordaba el día en que conocí a algunos, el día en que despedí a otros, el día en que reencontré a tantos.

Voy a cumplir veinticinco años entre esas paredes de La Paz, que no son frías. He cometido muchos errores, debería pedir perdón a muchos crios, y necesitaría enmendar muchas acciones, con adultos y con chicos, pero la noche del País me recuerda que seguimos en primera persona del plural. Me recuerda que no me equivoqué cuando decidí venir aquí, que hay otras formas de educar y que soy un tipo con suerte. Que la vida me ha permitido compartir mucho, y cada día de mi vida, con chicos y chicas extraordinarios, con compañeros de trabajo que nadie tiene. Personas todas a las que debo mucho, y sobre las solo puedo encontrar palabras de agradecimiento. He recordado que ya no puedo vivir sin este veneno diario que llamamos colegio. Un lugar donde están, estuvieron y estarán personas maravillosas como estos tres amigos de la foto, hoy ya imprescindibles.

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