miércoles, 8 de marzo de 2017

A vosotros, que fuisteis mi luz




“Nunca olvidéis lo que os querido”. Con aquella firmeza que nos exasperaba, con aquella mirada ambiciosa que cada día nos atrapaba, eso me dijo mi profesor de historia, el día que desapareció de mi vida.
Nunca entendí, ese fue mi error, a aquel hombre cuya firma en mis notas marcaba mi día a día, mis salidas, mis caprichos, mis pequeñas libertades, el paraíso que solo vivía con mis amigos, y en mis playas.

Estoy seguro que me quería, y que bajo su encendida mirada de ira cuando las cosas salían mal, invernaba el deseo de triunfo de quien nada ganaba con mis derrotas. Se que disfrutaba con nuestros éxitos, y que por ese rostro aviejado y casi siempre inexpresivo habría corrido rápida, como para no ser vista, una lágrima por mí, un dolor por nosotros. Lo sé, lo supe, aunque tarde, de la intención de casi todos los que me rodeaban en aquel que fue mi colegio.

Como supe que aquellos años de colegio eran una batalla necesaria para abrir mis días y construir mi vida. Una batalla de la que salí herido, aunque salí, y gracias a él, y a mi colegio, y a mis padres, no fui víctima ni cobarde, sino vencedor. Pero deje sobre el campo, ensangrentadas, algunas ilusiones de juventud, y perdidos algunos amores.

Debí renunciar, como vosotros, y no hay remedio, a una parte de mi vida, aquella en la que mi corazón deseaba amar, y se tuvo que contentar con escribir nombres en un cuaderno, a escondidas, ante lo imposible de vivir con la intensidad que mi alma pedía, obligada cada día a olvidar, enseñada en que el camino es cada día volver a empezar. Porque sin esfuerzo, no hay paraíso.

Esa lección, la de la sacrificada construcción de una vida, hemos intentado daros en estos años, en esta vieja casa que más que un edificio hemos intentado que sea vuestro hogar, el hogar que alberga a quienes os hemos querido y hemos intentado abrigar vuestros sueños.

He querido, sin fortuna por mi parte, que tuvierais lo que tuve yo, maestros generosos que me enseñaron sobre todo a vivir, tan elevados de espíritu como los que aun hoy y cada día me enseñan.
Yo no tuve como vosotros la suerte de criarme en un colegio de la iglesia. Las paredes de mis aulas no rezumaban el esfuerzo de hombres, que como los de esta congregación os tienden la mano, os protegen con celo, alimentan vuestra alma, exprimen vuestro corazón para hacerle fuerte, y al tiempo entierran su vida, en tierras lejanas y áridas, volcando por otros más débiles y más sedientos que vosotros, el mismo amor y la misma entrega que vosotros despertáis en nuestros corazones. Pero aún así, sé que mi maestro luchó por mí. Y, ahora que estáis lejos, no quisiera que siguierais sin descubrir lo mismo.

Como a vosotros mi maestro me riñó, se enfadó conmigo, me castigó… pero al tiempo me imploró, me rogó, y siempre por mí, no por él.
Cada día de mi niñez y mi juventud sentí cernirse sobre mi cabeza el furor de la pasión por mi vida, el estruendo de la dedicación hacia ella. Sin embargo, a diferencia de vosotros, cuando me fui de su regazo, cuantos me querían, no se reunieron junto a mí para decirme como a vosotros, cuanto nos importa vuestra vida, y en cuanta medida, ella es parte de la nuestra.




Crecisteis enredados entre nuestros pies, ahincados en nuestros hombros, y cobijados en todo el amor que hemos sido capaces de daros. Estos pasillos, y estas aulas han sido testigos estos 50 años de nuestras confidencias, de nuestras lágrimas, de nuestros juegos, y hasta de nuestras rencillas.
Y un día la vida nos exigió que pusiéramos fin a todo ello. Estáis lejos y ya sois mayores. Espero que seáis lo que queríamos que fuerais, hombres y mujeres capaces de decidir en libertad su vida. Saber de vosotros, entreveros en algún pasillo, algún día de diciembre, simplemente veros, es nuestro premio.
Hace tiempo llegó la hora se separarnos, y si entonces no lo hice, sigue siendo el momento de pedir perdón.
Quizás no estuve a vuestra altura en muchas ocasiones, quizás no he sabido escuchar vuestros silencios, ni mantener callados vuestros gritos.
Pero no podéis seguir lejos sin saber cuánto nos importa vuestra vida, y cuánto os hemos querido.
No podéis seguir sin saber que este año no celebramos un edificio, sino el que hemos sido felices a vuestro lado, que vuestra historia, ha construido la nuestra, que la vida se antoja gris sin vuestras risas, sin vuestros pasos, sin vuestras voces, sin vuestro ingenio. Hemos seguido viviendo porque otros han vivido entre nosotros y nos han necesitado, aunque cada vez es más difícil vivir aquí sin todos vosotros.

Y por eso esta carta en nuestro aniversario, para deciros con la intensidad precisa y la calidez que merecéis, cuanto orgullo sentimos por vosotros, y en que gran medida sois la razón de nuestra vida.

Solo un consejo lejano. No caigáis nunca en la ignorancia, ni en la desconfianza de quien os demuestra cuánto amor os vierte.
Distinguir siempre quien os dice la verdad de quien tan solo os adula.
Valorar a quien os exige, con la intención sincera de extraer de vuestra alma las virtudes que atesoráis, y huir de quienes en lo fácil y superfluo solo conseguirán haceros mediocres.
Buscar en la seriedad a quienes no os abandonarán nunca y dejar de lado a quienes entre bromas y chanzas os dejaran yermos en cualquier socavo del camino cuando la vida apriete. Controlar vuestro genio y vuestros impulsos pasionales, convertirlos en fuerza servidora de vuestros ideales y compromisos.
No malgastéis energía luchando contra quien tan solo es vuestro amigo, por más que os moleste la verdad, y alzar la espada contra quien con argucias es injusto.
Mantener el corazón abierto y la mente despierta, presta siempre a los demás, listas siempre para crecer, sin más límite que el que Dios y nuestros hermanos demanden.
Sois una parte de nuestra memoria, aunque, en realidad, vosotros nunca os fuisteis de aquí.
Una pequeña chapita de latón os recuerda cada vez que la miráis que, junto a vuestro corazón, laten ahora otros dos, el nuestro, y el de Dios.
La vida sigue y la mía volcada en vuestros compañeros, esos que tras vosotros quedan y cuyas ilusiones se convierten ahora en las mías.

Pero en cada instante, en cada pausa del trabajo, apartaré las cortinas, mirando por esos cristales la calle, pendiente de ver pasar vuestros ecos y vuestras preocupaciones, con la mano presta en la manilla, para abrir la puerta cuantas veces necesitéis de nuestras manos, de nuestros ojos o de nuestros hombros, para volver a deciros, con una mirada añorante, junto a un adiós entrecortado, “Nunca olvidéis lo que os querido”.



Imágenes, alumnos de La Paz fotografiados por hablineses

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