lunes, 30 de enero de 2017

Al acabar el día



Habrá pocos que no conozcan a Maite. Alegre, abierta, sonriente, con su pelo ensortijado siempre preso de un coletero naranja, que su hija la regaló  el día de la madre. Trabaja en el súper del barrio, o más bien vive en él, atendiendo al número de horas que consume en aquel lugar. Sin ventanas, entre cajas, estanterías e historias de gentes sencillas, Maite mueve toda su humanidad, que no es pequeña, con la ligereza que le concede su sentido generoso de la vida.
El negocio y la calle han determinado la naturaleza de los visitantes de Maite, una pléyade de jubilados y emigrantes que acuden a la tentación de precios bajos, caras amables y un oído atento a las desdichas. Cuando no es que a Consuelo, la viuda de Nano, se la olvida el paraguas o la compra, es a que a Yaia no le alcanza el euro del pan, o que Dina se alberga en la entrada, porque en su casa aun no hay nadie. O que algún hombre de olor a cuero pretende salir como los niños, con un pan debajo del brazo, aun sin pasar por caja.
Pero Maite siempre sabe lidiar con todo, siempre tendrá lista una mirada de complicidad, siempre sabrá mantener las reglas, pero nunca con mirada osca, ni con gesto violento, por torcidas que vengan las cosas. Saben las viejas que si la vista no alcanza, Maite echara mano al bolso, para contarlas las perras, y nunca se llevará nada entre los dedos. Y si tienes cara de hambre, nadie sabrá que has intentado tomar lo que no es tuyo, que la dignidad es sagrada.
Es nuestro pequeño ángel, como tantos que perdidos en cada barrio han hecho de su profesión honrada una manera de cambiar la amargura del día a día de quienes todo se empecina en hacerles gris la existencia.
Pero ayer su gesto era distinto. Todo olía a despedida. El amo del negocio ha decidido que si perder dinero en una empresa es malo, no ganar suficiente es aún peor.Las cosas pintan mal, el pequeño súper no produce tanto como antes, así que toca ahorrar, en este caso en vidas, y la ley está de su parte.
Entre cajas de leche y embalajes de sal, las cuatro mujeres del súper, mascullaban el sábado su desdicha. Una a la calle, dos más a media jornada, que en todo caso, será más que una entera en trabajo y menos a la hora de cobrar. Maite se revelaba, por primera vez la vi perder la fe. “Tu eres la encargada, es lógico que te salves, pero que hacemos nosotras”, le decía Maite a Lydia, la “jefa” de aquel pelotón de desheredadas. Y es que Carla y Sandra, las discretas reponedoras del grupo llevan una mala racha. Carla vive sola con su hija, un regalo del cielo, y del sinvergüenza de un novio que, gracias a Dios, ya nadie sabe donde está. El marido de Sandra está en el paro. Una obra llena de “seguridades” le hizo caer de un andamio, y le dejó en el suelo la espalda. Ya está bien, pero demasiado tarde para encontrar sitio en un tajo moribundo en todas partes.

La gente sigue entrando en aquel comercio que ellas han convertido en su vida. La gente deambula entre estantes como otro día cualquiera, buscando en ellas la frase tonta de cada mañana y la mirada útil que las hace importantes para alguien, mientras ellas se agazapan entre botellas, para que nadie escudriñe en sus mejillas humedecidas. Hubiera preferido no oírlo. No hubiera eso solucionado nada, pero al menos...
Seguro que el lunes, al acabar el día, un hombre bien arreglado, de esos que saben sacar petróleo de cada palabra, le contará a Maite que su trabajo no vale nada, y que su dedicación ha sido estéril. 
Que esos días en que acabó tarde y regaló su tiempo a la empresa, quitándoselo a su familia, fueron a su cuenta. Le dirá que ese amor que repartió entre clientas, fue gratuito. Ese hombre, le dirá a esta mujer, que ella solo es un número, y que los de su amo, son más importantes. Nada que no oigan cada día muchos otros españoles.
Al acabar el día la dirá que se vaya, que los tiempos son malos, pero que su amo no quiere nada con ellos, así que la toca pagar a ella.
No os traslado ninguna reflexión, solo os muestro una vida.



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