viernes, 23 de diciembre de 2016

La increible historia de los I-400



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En tiempos de guerra, mientras todo, hasta la moral y la vida, se derrumban, aparecen historias dignas, de hombres y mujeres que, aunque equivocados, dan muestra clara del ingenio, el heroísmo y la lealtad a unos ideales de que es capaz el ser humano. Uno de esos ejemplos es el de Nobuo Fujita.



Concluido el ataque japonés a Pearl Harbour, la armada nipona tomo rápida conciencia de que había despertado a un gigante dormido, y que las posibilidades de derrotar a los americanos eran mínimas, dado su potencial industrial. La única posibilidad partía de la desmoralización de su sociedad, que envuelta también en la guerra europea impulsase a su gobierno a la paz. Para provocarlo, el alto mando japonés programo una serie de acciones bélicas en el territorio continental de Estados Unidos, dedicados a dañar su moral con su atrevimiento. Uno de las primeras acciones, casi suicidas, tuvo lugar el 21 de junio de 1942, cuando un submarino japonés, el I-25 penetró en el estuario del río Columbia, y tras aproximarse a Fuerte Stevens, lanzó una andanada contra este de 17 disparos, con un cañón del 14. Pero la misión más famosa, también con un submarino como fondo, seria la osada aventura de Fujita.


Naburo Fujita era un joven japonés que con tan solo 21 años, se había alistado en la armada en el verano de 1932, consiguiendo entrar en el, en aquella época, exclusivo círculo de los pilotos de la marina, un cuerpo altanero y de élite  de sobrado valor. Tras tomar experiencia en las guerras imperiales de los años treinta, Fujita había sido destinado, a principios de la II Guerra Mundial al cuerpo de submarinos, una unidad de élite de la armada dedicada a lanzar hidroaviones de reconocimiento en zonas muy sensibles.

Aquel cuerpo había sido construido sobre una idea osada, crear una flota de gigantescos sumergibles, capaces de albergar hasta tres hidroaviones, capaces de realizar mortíferas tareas de inteligencia o ataque, de manera silente, llegaron a construirse una treintena de estos ingenios de la serie I-20 y tres del gigantesco tamaño de los colosales I-400. Una flota letal que tras la guerra quedo perdida en el fondo del océano, y que solo en 2004, y gracias al empleo de vehículos operados por control remoto (ROV), pudo comprobarse que era más que una leyenda.

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La terrible batalla de Midway, de 1942, había dejado a Japón casi sin flota de portaviones, por las duras perdidas de aquel enfrentamiento. Por eso motivo, el almirante Isoroku Yamamoto, comandante en jefe de la Flota Combinadajaponesa, el héroe de Pearl Harbour, había comenzado a perfilar una nueva estrategia, construir submarinos "sen toku", de casi 120 metros de eslora, el triple que un sumergible normal, capaces de llegar, sin ser detectados, a las grandes ciudades costeras americanas, como Nueva York o San Francisco, y desde alli lanzar hidroaviones que golpearan incluso la capital, Washington. El plan alumbro tres monstruos marinos, el I-400, el I-401 y el I-402. Cada uno con una tripulación de casi 150 marineros. Tal envergadura se explicaba porque estos submarinos eran en realidad portaaviones sumergibles que podían transportar hasta 3 hidroaviones Aichi M6AI plegados en un hangar hermético sobre la cubierta. Aviones capaces, una vez montados, de transportar hasta su objetivo 800 kilos de explosivos.

Con combustible suficiente para dar dos veces la vuelta al planeta, los “sen toku” lanzarían sobre sus blancos a los pilotos suicidas, causando el terror en la retaguardia americana. La idea inicial se completaría con planes más ambiciosos, como el objetivo, ya en 1944, y con la guerra perdida de atacar el Canal de Panamá, con objeto de bloquear el acceso de los navíos americanos al Océano Pacífico. El plan pasaba por atravesar el Océano Índico, bordear el sur de África y atacar desde el este.


Todo este ambicioso plan se topó con la muerte de Yamamoto. Además, los bombardeos aliados sobre Japón obligaron al gobierno imperial a emplear en la defensa todas las unidades navales. Tras el ataque atómico sobre Hiroshima y Nagasaki Japón se rindió, cayendo los restos de la flota en manos americanas.

En ese momento, el gobierno estado unidense, conocedor de la superioridad tecnológica japonesa, traslado los 24 "sen toku" capturados a la bahía de Sasebo (al norte de Nagasaki), a fin de analizar y emplear en beneficio propio esa tecnologia. Pero ante el riesgo de que una delegación soviética descubriera estos ingenios, en 1946, Washington puso en marcha la "Operación Fin del Camino" ("Road's End"). Los submarinos fueron hundidos cerca de las costas de Nagaski, y el mar se quedó con su secreto, hasta se redescubrimiento en 2004.

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Pero la historia tecnológica también tiene su parte humana. Y esa cara es la de nuestro protagonista.

Naburo Fujita, ya enrolado en la elite de los pilotos, había protagonizado arriesgados vuelos de reconocimiento, desde su pequeño Yokusuka E14Y, plegado en el submarino I-25, sobre los grandes puertos australianos, caso de Sidney, Melbourne y Auckland.

Con la experiencia acumulada, Fujita había ideado un plan para utilizar la aviación embarcada en submarinos en grandes bombardeos, como el antes señalado en Panamá.

Sus ideas no pasaron desapercibidas para sus superiores, por que en julio de 1942 fue convocado a una reunión en el cuartel general de la Armada para una reunión secreta en torno a su plan. Solo que había un cambio. El objetivo del alto mando era lanzar un bombardeo con bombas incendiarias sobre los bosques de Oregón, a fin de provocar un gigantesco incendio que causara el pánico en el país.

En efecto, Fujita, y su observador, Shoji Okuda atacaron Oregón con bombas de 76 kilos, que se descomponían cada una en 520 bolas incendiarias en un área de 90 metros cuadrados. El ataque fue en los bosques de Brookings. Pero los días anteriores había llovido copiosamente, por lo que el suelo y la foresta húmedos evitaron el incendio. El día 29 de septiembre, veinte días después, el ataque se repitió, con igual fracaso.

Okuda murió durante la guerra, pero Fujita sobrevivió convirtiéndose en empresario. Para su sorpresa, en 1962, el guerrero recibió una invitación del ayuntamiento de Brookings. Fujita Temio que aquel llamamiento era para un juicio por crímenes de guerra, y se dispuso a aceptar su destino. Cogió su espada de samurai y viajo a America. Para su sorpresa, las gentes de Oregón le recibieron con cordialidad, le nombraron ciudadano honorario y le invitaron a plantar un árbol, justo en el lugar en que había caído su primera bomba. Tras volar sobre el bosque que había querido quemar, Fujita dono su espada al pueblo, espada que aun pende del salón de plenos del ayuntamiento, viajando en varias ocasiones a la localidad. En 1997, aquejado de cáncer de pulmón, Fujita murió. Hoy, el último miembro de aquella gran aventura yace en sus cenizas en los bosques de Oregón.

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