martes, 22 de noviembre de 2016

Los sueños que regresan

Dos portales más abajo de mi calle, entre aceras angostas, suele jugar Nery. Llegó a España hace casi diez años empujado de cola por la repelencia de la pobreza, y animado por una España que abría sus puertas a los inmigrantes, como les ocurrió a sus padres. Les traían contratados desde allá.


Moreno, menudo, fibroso, alegre, con la boca almenada por la falta de dientes, Nery, que apenas alza lo que un carro de compra, tiene seis años. Es del Racing, y cuando patea con sus amigos por la calle, luce orgulloso el número de Munitis.


Él, un día, cuenta con los ojos desplegados al cielo, será también campeón con la roja. Poco sabe que mientras recoge cartones para construir con ellos castillos y juguetes, sus padres, derrumbados sobre el alfeizar de su ventana, miran el mar que les sacará de Europa, y les devolverá a Bolivia. Silvana, la madre, trabaja desde su llegada limpiando casas y portales. Pero los tiempos empeoran, y ahora las mujeres españolas salen en mayor medida a la calle a buscar el trabajo que se esfuma en sus familias. No hay para todas y, ante la duda, el mercado aprecia más la piel blanca. Nelson, el padre, llegó a España con un contrato de esos que los alegres gobiernos de principios de siglo pusieron de moda tiempo atrás. Pero la construcción, en la que se ha dejado explotar estos años, renquea, y el patrón ya le ha avisado que este será el último mes. Ahora un billete les espera, para que quien primero le trajo, le devuelva, como una blusa que ya no nos gusta, y sobre la que el mercader admite el cambio.


Va a ser duro decirle a Nery que, más que un viaje, va a emprender una derrota. Que ya no será de la roja, que ya no volverá a su tierra de vacaciones con sus padres mirando al aire y entregando a sus parientes amor en formato billete. Ahora volverán con la cabeza gacha y el orgullo sanguinolento, como quien tras la batalla debe admitir que erró al desafiar al destino. Será duro arrancarle de lo que él considera la vida, y depositarle en unos días, sin terciar más explicación, a lo que pronto considerara un infierno. Al menos, contribuirá a que algunos crean que ahora, con un inmigrante menos, estarán un poco más seguros, un poco más aseadas sus calles, y un poco menos fracasados sus colegios, que tenemos compatriotas así de miserables. Y fuera de este país, hasta peores.


Nery sin embargo solo es un rostro de esta pequeña tragedia que, presente cada día en los periódicos, carece de nombres y ya de ilusiones, siempre envuelta en números y porcentajes.


Pero es el rostro que más nos conmueve, porque es el de quien solo, lejos de su hogar, aparece más débil, más frágil, aquel que ha huido de la miseria y de la muerte, para llegar a nuestra dulce vida de ricos europeos. Es una historia parecida a la de Javier. Esta semana le han despedido en su empresa de repartos. Ya no queda mucho que repartir, y menos aun dinero. Pero en la euforia de los datos macro económicos, en esos en los que todo va bien, sus historias no son una tragedia, solo un contratiempo.


Y así vivimos, entre los sueños de quienes han llegado a nuestra llamada, y huyendo de su miseria, y las pesadillas de quienes sin moverse de aquí ven derrumbarse los suyos. Tener una casa, formar una familia, criar a unos hijos, jugar con ellos en un parque… Todas son historias, que no debemos olvidar. Que el paro y la derrota, al final, poco conoce de pieles y credos.


Y ahora viene lo más difícil. ¿Qué hacer con quienes nos han metido en esto, los que un día los trajeron y dieron hipotecas imposibles para ordeñarles hasta el último céntimo?. ¿Que hacer con quienes, en cada periodo electoral, despilfarran aquí, en lugar de sembrar allá, para dar pan sin desarraigo?. ¿Qué hacer con quien ha seguido medrando, de espaldas al sufrimiento de tanto ciudadano?. ¿Qué hacer con quien no ha impedido el robo, el dispendio, las casas de precios altos, las alegres tarjetas de crédito y un país sordo y mudo que se lo cree todo, como buen hijo de la Logse?.


¿Qué hacemos ahora con Nery?. ¿Qué hará ahora Javier?.





Imagen La Región de Murcia

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