domingo, 20 de noviembre de 2016

Locuras tiene la razón



Todo comenzó por un temblor en las manos y tras él, un sueño distante, inalcanzable. Sin descanso nuestra mente se turba, desmedida en sus actos golpea el muro de los sentidos hasta derribarlo. Por esa grieta se escapa la razón, y entra el delirio. Y así inició su viaje a la nada Alberto, el arconte de la 411, que así le llaman sus enfermeras porque mantiene el aura de un rey griego, y el título de profesor de lenguas clásicas.


“En la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, durante todos los días de mi vida. Yo lo juré, pero ella me mintió”. Y tras decírselo a sus cuidadoras cada vez que aparecen en su habitación, clava su mirada en ellas, esforzándose para contener el llanto, apretando sus músculos hasta deformar su tristeza. Y solo, que esa es su verdadera locura.

Siempre había sido un hombre abierto, ingenioso y dotado de una fina ironía. Una de esas personas que, más allá del éxito, a veces esquivo, sostienen la comunidad en la que se encuentren, irradiando en ella ilusión, alegría y esa dosis diaria de intención de vivir, que tantas veces se nos olvida.

Pero nuestra sociedad no está construida ya sobre la base del sacrificio, máxime en estos tiempos en los que la escasez ha llegado, incluso, al terreno del amor.

No fue muy perceptible al principio, no es fácil determinar cuando comenzó la caída al abismo, pero Alberto inició su viaje con gesto serio. Cada vez le inundaba más la apatía, el silencio, la tristeza y la incapacidad para dormir. La memoria se fue alejando, los dolores de cabeza y los temblores invadiéndole y la sensación de soledad haciéndose fuerte. Una tarde confesó a su pareja que se sentía mal, que precisaba ayuda, que su médico de cabecera le había despachado con unas pastillas para dormir, y el especialista con que solo era astenia primaveral, un estadio pasajero de la mente. La dijo que necesitaba ayuda, y paciencia.

Dos meses de caras largas y mente ausente precipitaron el final, su mujer le expuso crudamente, un mediodía, dando vuelta a un filete sobre la lumbre, que ella aun era joven, y que no pensaba enterrarse con él, que eso no era vida, que ya no se comunicaban y que ella ansiaba una risa, una caricia y alguien que la tocara el culo de vez en cuando. Alberto ni tan siquiera reaccionó, atrapado en una mente hierática, con sus ojos puestos más allá. Tres mañanas después, Maite no estaba, y los niños tampoco.

Son situaciones, pese al avance de los tiempos, que tienden a repetirse, y sobre las que los días que a lo largo del año se dedican a la salud mental pretenden llamar nuestra atención.
Lo decía hace unos meses Suzie Vertri en el congreso de la Confederación Española de Agrupaciones de Familiares y Personas con Enfermedad Mental (FEAFES), y hace menos Inés Ballve de la Asociación catalana de Familiares de Alzheimer. Debemos conocer y comprender a las personas afectadas por trastornos mentales, y comprender estos en profundidad, más allá de modas e impulsos. Que duda cabe que la lucha y la conciencia sobre problemas como el Alzheimer han crecido mucho, y que en ese camino la implicación de personas relevantes o conocidas de nuestra sociedad ha sido vital, pero, que duda cabe también, la parte oculta de esta historia sigue siendo excesiva.
Según datos del Ministerio de Sanidad y de FEAFES, entre un quince y un veinte por ciento de los adolescentes o niños de nuestro país sufren en esa etapa de la vida trastornos que no son diagnosticados ni tratados. Un simple análisis de litio, una exploración neurológica o unas charlas sosegadas e informales podrían detectar a tiempo problemas que, bien es cierto, se superan gracias a la madre naturaleza, y ante la ignorancia de todos los que rodean al afectado, pero dejando atrás el sufrimiento innecesario de este en esos años, y alguna que otra secuela, más o menos evidente.

Mientras, los procesos de diagnostico se dejan en manos de profesores y equipos pedagógicos llenos de voluntarismo y algo menos de capacitación y tiempo. Así, los centros concertados rara vez tienen algo más de doce horas de jornada para un orientador profesional, más alguna que paga el ampa correspondiente a algún psicólogo por horas. En la enseñanza pública, aun hay centros sin orientador, esperando cubrir plaza. O este compagina sus horas con tareas más propias de un tutor académico, como organizar una charla universitaria. O debe sacrificar parte de su horario en guardias u otros menesteres burocráticos. Eso, siempre que consideremos que todo orientador o pedagogo ha sido convenientemente preparado para ser evaluador y terapeuta de conductas y alteraciones emocionales, lo que es mucho suponer.

Y sin embargo ahí esta parte del problema de aprendizaje de uno de cada cinco adolescentes. Incluso los programas de diversificación y ayuda al aprendizaje son cuestionables, no en su filosofía, sino en su concepción y aplicación. Las autoridades educativas no pagan programas de atención a la diversidad por debajo de un mínimo de “pacientes”, que no están los tiempos para tirar el dinero. Si los centros quieren disponer de los jornales de los profesores que atenderán a esos alumnos deben rellenar grupos. Al final, en bastantes casos, los grupos de diversificación de los institutos son un almacén de vagos, agrupados en las peores aulas. El criterio para meterles allí habrá sido el ojeo. Pero a ojo, solo detectas que el alumno tiene un problema cuando no sigue la clase, cuando suspende siete o cuando su histrionismo te harta. Una vez en el grupo de diversificación, café para todos. Pero algunos de ellos no atraviesan un problema de aprendizaje, sino mental. Y fuera de esos grupos otros cuantos más tambien, pero en silencio, sin que nadie lo perciba, o sepa como ayudarles.

Con algunos años más, la esquizofrenia, el trastorno bipolar, la neurosis y, sobre todo, la abundante depresión, campará por sus respetos.

Pocos centros, y casi todos pertenecientes a fundaciones, elaboran programas de tratamiento individual y reinserción. Pero si no tienes posibilidades de entrar en ellos …

Y la reinserción es otra. Miles de voluntarios e instituciones trabajan para ayudar a personas que han caído en el infierno de la mente descontrolada, y muchos son los programas que buscan ayudarlas a convivir de por vida con el mal, de la manera más integrada posible. Pero no todos. Por media España prosperan instituciones que, bajo el manto de la integración, convierten a sus pacientes en personal keepers, mano de obra barata para huertos ecológicos, talleres artesanales y negocios varios, pensados para la terapia, la integración y el mantenimiento de esas instituciones … y para los que en ellas trabajan, que, en casos, es un lucrativo oficio.

Necesitamos eso que eufemísticamente llamamos visibilidad. Necesitamos desprendernos de prejuicios y necesitamos implicarnos en la recuperación de estas personas, que son algo más que locos de manicomio, carne de película de Almodóvar. La enfermedad de la mente no siempre trasciende, a veces es solo un guiño imperceptible, una tristeza intensa, un doloroso olvido, la condena de seguir vivos, y la llamada de alguien que nos necesita.


Imagen fenrisolo.wordpress

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