viernes, 18 de noviembre de 2016

Llanto por los olvidados

No hay duda de que la actualidad está siendo generosa con los medios de comunicación. Las noticias se agolpan en las redacciones, de manera cuantiosa e intensa. Las noticias salen de las rotativas y pueblan las calles, desatando emociones y pasiones intensas. Las redes sociales alteran sus trendingTopic a la velocidad del vuelo y las mensajerías arden trasladando enlaces.


Estos días, junto a corruptelas varias, juicios gigantes y presidentes de moral tachable la gente se revuelve ante la amenaza de los “lobos solitarios”, esos suicidas de sesgo yihadista que nos amenazan como un virus, sin verlo venir. Este mes, incluso, miles de personas han salido a las calles de algunas ciudades occidentales para recordar los atentados de este año. No ha sido por Alepo, ni por los niños centroafricanos, pero algo es algo. Tampoco ha sido para recordarnos que en parte estos dramas los hemos alimentado entre todos. A esos asesinos y a sus compañeros de camada, que por ahí andan.


Ha sido una manifestación paralela a las que se han producido en las calles de Atenas y Salónica, donde los griegos lamentan los nuevos sacrificios que les depara el futuro, máxime después de que los tiburones de las agencias de riesgo hayan sacado los dientes, al ver que Europa no despega y que los “populismos” acechan. Es una amenaza que se cierne sobre los demás europeos del sur, cada día más agotados y que cada perciben que la sociedad que emerge de la crisis (aunque el paro baje), no va a ser tan protectora y solidaria como lo era antes.


Unos cuantos ciudadanos menos, pero bastantes, han llorado hace unos días  de emoción en Oviedo, ante los mensajes inteligentes y sensibles de varios de los premios Príncipe de Asturias, y también del Rey. Mensajes que han intentado llamar nuestra atención sobre muchas víctimas y dramas olvidados. El de las mujeres apaleadas, el de los científicos marginados, el de los que defienden la palabra como único argumento y las armas rompen su diálogo.


Hoy mucha gente llora en las redes y en cientos de actos, a cual más original, sobre los derechos de la infancia.


Todos lloran por lo suyo, desatando sentimientos honorables, es cierto. Pero no he oído ningún llanto, y aun menos, el caer al suelo de ninguna lagrima por los otros muertos. Alguien podría haber llorado, aunque fuera de vergüenza, ante la visión diaria de seres humanos durmiendo bajo cajas de cartón en las ciudades europeas. Pero nadie lo ha hecho, salvo algún voluntario de Cáritas o de otros colectivos humanos. Y algunos espectadores de Salvados.


Menos aun se ha llorado en Europa, la Europa temerosa ante un par de casos de ébola por los 2.198 somalíes que habrán muerto hoy de hambre, según MSF. Nadie habrá llorado hoy por los muertos por el brote de sarampión que ha afectado ya a más de cien mil niños y que solo en Congo ha arrebatado la vida a un 10% de ellos.


Nadie ha llorado por las organizaciones no gubernamentales se vean incapaces de recaudar los 150.000 € necesarios para vacunar a tres millones de niños. Tan mal como la FAO que ha enviado a Somalia comida por valor de 350 millones de euros, una mínima parte de lo necesario para paliar mínimamente el hambre en el Cuerno de África. Menos del 10 % de lo invertido en CajaEspaña para salvar una entidad saqueada por los administradores públicos.


Pero por eso no ha llorado nadie. Resulta triste saber que, al contrario que a los asesinos yihadistas, a los que matan, por omisión u olvido a estos niños africanos, o de cualquier otro lugar, o de cualquier otra edad, nadie les va a detener.



Imagen ElPaís

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