lunes, 28 de noviembre de 2016

Conozco un maestro que no quiere vivir



Tengo un amigo que quiere irse, que quiere dejar la vida, esa formada de ilusiones e ideas, y que es, por eso, más importante que la otra. Él, que es de esos hombres empeñados en cincelar vidas, especializado en alentar ideas, afanado en sacar ilusiones de las entrañas de niños, dedicado con esperanza en llevar de la mano a quien siendo un muchacho aspira a ser un hombre, socio del futuro común, se ha rendido.



Y es que debe existir, o eso pensaba Tagore, un botón del pánico escondido en nuestra alma. Una señal de aviso que nos advierte de la inminencia de un éxito o de un dolor que no sabremos soportar. Una chispa que, sin poder evitarlo, nos conduce a la autodestrucción, a boicotear nuestro propio triunfo, a impedir el progreso que con tanto mimo y sacrificio hemos construido. Eso forma parte de la naturaleza humana, de esa contradicción que nos hace grandes, y a la vez infinitamente frágiles.
Escuche decir hace tiempo a Vicente del Bosque, ese actual icono de la sensatez, que el éxito es efímero, va y viene, y como tal hay que tomarlo. Quizá esa actitud responde a un valor consciente, que busca hacer del hombre un ser integro, capaz de vivir armónicamente con su entorno, haciendo felices a los demás, y extirpando el dolor de los otros. Quizá. O quizá no, tal vez solo un mecanismo de defensa ante la ingratitud.
En esta España en la que todo el mundo escarba con afán, como un minero aurífero, pero en busca de basura, el trastoque de valores y la pérdida de criterios se ha convertido en nuestro mayor problema.
Este año dos momentos memorables de la televisión han estado marcados por Gran Hermano y el estreno de la nueva obra de Julia Cagé.
La diferencia de cuota de pantalla entre ambos eventos ha sido considerable, a favor del primero. Entre otras muchas razones por las medidas de publicidad y promoción empleadas para uno y otro. O lo que es lo mismo, hemos primado la difusión y la enseñanza de los instintos frente a la creatividad y la razón. Poco aporta al desarrollo colectivo los problemas matrimoniales de quien los alienta como una forma de prostitución moral. Mucho podrían aportar, sin embargo, quien hace de su vida un moderado ejercicio de renuncia al yo, a la patria (como Malouff) a la exclusividad (como Serra), al protagonismo gratuito (Como Del Bosque). Pero les silenciamos, o les oímos con el volumen apagado.
En las sociedades, como en las empresas, el reconocimiento de los méritos es esencial, la divulgación de los logros personales o colectivos es irrenunciable, pero para nuestro desarrollo colectivo, y para que este sea en aquella dirección que nos conduce al bien y la felicidad, al progreso, y no solo el material. Es leal en quien logra sus metas, mostrar con timidez y de forma desprendida sus éxitos. Es preciso para el resto mostrarlos como un trofeo. No por realzar la vanidad de quien lo protagoniza, sino por mostrar referencias y educar al grupo, a la famosa tribu de Marina.

Hemos convertido en frágiles los vínculos familiares que antes sostenían la construcción, a nivel de individuo de nuestras sociedades. Hemos creado sucios héroes de barro en los medios de comunicación de masas. Gentes, quizá, inocentes, pero vulnerables por su escasa formación moral y cultural, manipulables, indefensos a la hora de luchar por su libertad individual y sus metas propias, convertidos en símbolos reciclables del poder del dinero. Y hemos encerrado bajo el candado de la insidia, el desgobierno y la vulgarización a las instituciones educativas de todo signo y nivel.

Y, me temo, que son ellos, esos ciudadanos a los que mal formamos para educar, en toda su amplitud, a nuestros hijos, nuestro único parapeto ante el desarme general que nos asola.
Ciudadanos que, denostados en muchas ocasiones (que vagos y maleantes intuyo hay en cualquier colectivo) deben soportar un esfuerzo estéril, un silencio doloroso a sus méritos, y un envejecer triste. Porque envejecer entre quienes siempre son igual de niños aturde y, sobre todo, esculpe en nuestra cara, y en alto relieve, una infinita soledad, la de quien permanece quieto, y ve pasar, uno tras otro, a quien tanto quiere, tomando un sorbo de su vida, libando levemente el tesoro que encierra, para luego perderlo entre sombras, tan solo intuyendo su silueta en la lejanía.

Tengo un amigo que ha decido abandonar. Y abandonarse. Ha tomado al fin conciencia de que su trabajo es inútil, sordo, mudo y ciego, indiferente para todos, hasta para quienes deberían compartir con él su trinchera y tender la mano en la misma dirección.


Tengo un amigo que ha olvidado que, al menos, hay un niño que le espera para construir su vida.

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