jueves, 28 de enero de 2016

La noche de El País


Se ha convertido en los últimos años en una sana costumbre. Un grupo de alumnos y algunos profesores de La Paz, que aplazamos nuestras cuitas y menesteres para compartir, a lo largo de veinticuatro horas, un sueño pequeñito, hacer un periódico. Y entre sus páginas, vivir juntos, compartir un pedazo de nuestras vidas, conocer todo que nos une, y que, a veces, inconscientemente, olvidamos, y mirarnos desde más cerca, tan cerca, que incluso oímos así, por primera vez, nuestro corazón.


Solíamos decir los delegados de curso, en mis lejanos tiempos de bachillerato, que la educación tiene paredes frías. Que nos empecinamos en exaltar el tedio y las monótonas jornadas dedicadas a sesudos temas académicos, o a empantanarnos en discusiones, que pronto descubres irrelevantes, entre compañeros, con alumnos o con cualquier transeúnte de nuestro pequeño reino. Vivimos en la educación envueltos en una vorágine de trámites administrativos, controles de faltas, procesos de calidad, temarios, programaciones, exámenes, visitas, fechas, incidencias, quejas, conflictos y mediaciones, que oímos a diario tantas voces, que en ocasiones no escuchamos ninguna. Y a veces, aunque solo sea un ratito, necesitamos regresar a aquel sueño que nos llevó a ser maestros. Sentarnos quietos entre nuestros alumnos, escuchar sus risas, oler su llanto, tocar sus sueños, paladear sus chanzas, percibir sus caras de sorpresa (esas que se nos quedan a todos cuando descubrimos poquito a poco como es el mundo, y por nosotros mismos) y, si hay suerte, y Dios nos quiere, reencontrarnos con aquellos a los que hemos ido despidiendo, y que a tu llamada regresan, pero ahora ya como amigos, porque ya nada puedes enseñarles.

Buscando otra forma de vivir la educación, hace quince años se nos metió en el cuerpo el veneno de ser periodistas. Pretendíamos usar esta herramienta como una forma de obligar a los jóvenes a mirar al mundo con sus ojos, a diseccionarlo, a generar información, a opinar, a criticar, a desarrollar un sentido ciudadano ... a no ser un receptor pasivo de ideas, conceptos y valores, a crecer con ellos.

No viene al caso si en estos años autoridades educativas, jurados, expertos o instituciones han considerado nuestro trabajo interesante, valioso o merecedor de algún reconocimiento. Cuando hace unos meses cenaba con ellos, cuando les veía reír a mi alrededor, cuando les encontraba rebuscando en los juguetes de los niños de cinco años, buscando entre ellos su infancia, cuando les vi jugar, cuando les vi tensos, orgullosos o cansados, cuando mire el esfuerzo de cada redacción, entonces comprendí que aquello servia para algo.




Entre café y café, entre página y página corregida, en cada noche de ElPaís he tenido ocasión de recordar muchas. Aquella mañana del 91 en que nos escapamos a Puente Viesgo, para entrevistar a Hierro. Las noches en vela en la sala de informática del colegio la noche antes de terminar el concurso, o sentado en un pasillo con Luís, con Esteban o con Bea. Los días de maquetación diseñando cabeceras con Vicente o con Pajares, o eligiendo fotos con José Luís o con Menchu. La aventura de la Séptima, en las catacumbas del colegio. Las conversaciones de los jueves en aquellos días en que debatíamos temas. La necesidad diaria de saber de Pablo, de Álvaro o de Ventu. La tarde en que nos fuimos a Oviedo, sin comer, para escuchar embelesados a Iñaki Gailondo. Las noches de cena y tertulia en mi casa con quienes son ahora amigos. Las charlas en la calle. El viaje a Madrid con los campeones de El país. La mañana del aeropuerto con Rubalcaba, el viaje a Guipuzcoa con los de tercero para entrevistas a Errekondo. La noche que lloramos en Sevilla con Antonio del Castillo, junto a la foto de Marta. Los días de riñas, las tardes alegres, las noches sin sueño. Recordaba el día en que conocí a algunos, el día en que despedí a otros, el día en que reencontré a tantos.

Voy a cumplir treinta años entre esas paredes de La Paz, que no son frías. He cometido muchos errores, debería pedir perdón a muchos crios, y necesitaría enmendar muchas acciones, pero la noche del País me recuerda que seguimos en primera persona del plural. Me recuerda que no me equivoqué cuando decidí entrar en un aula, que hay otras formas de educar y que soy un tipo con suerte. Que la vida me ha permitido compartir mucho, y cada día de mi vida, con chicos y chicas extraordinarios, con compañeros de trabajo que nadie tiene. Personas todas a las que debo mucho, y sobre las solo puedo encontrar palabras de agradecimiento. He recordado que ya no puedo vivir sin este veneno diario que llamamos escuela. Un lugar donde están, estuvieron y estarán personas maravillosas como estos tres amigos de la foto, que día fueron periodistas.

Hoy Marta ha entrado en la sala de redacción durante el recreo, “Ya esta abierto el País, registraros”. Han empezado a vibrar los teléfonos, y no he podido evitar un gesto de alivio. Al fin comienza el curso. Otra vez empieza la aventura de crear juntos, de conocer juntos, de vivir juntos. Otra noche se acerca, la de ElPaís. 

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