sábado, 11 de diciembre de 2010

La decimatio de Alfredo



Aunque en ocasiones un ambiente repleto de gente llama nuestra atención, y la noticia suele estar en las masas y en las grandes concentraciones, allá con bandera blanca, acá con piedra y pasamontañas, lo cierto es que nada causa tanto desasosiego como el vacío, como la soledad. Y dentro de este, el de una silla, banco o taburete, presto a ser ocupado, pero limpio de vida.

Y es que, una naturaleza vacía no lo es tanto, pues contiene aire, luz, y hasta sosiego. Pero la silla, la silla carece de vida propia sin nalga que la ocupe, aunque aun así declame que algo queda fuera de control, que alguien esta ausente, que quien debería estar de frente, quizá este a nuestra espalda.
Y esa es la crónica de una semana tapizada, de sillas vacías, la de Bolivia en Cancún, la de Liu Xiao Bo en Oslo, la del gobierno en el control de España.

Fueron las primeras las de los controladores. En un comienzo de puente, y con miles de personas, no solo españolas, abandonadas a su suerte en salas de embarque, áreas de transito, aeropuertos extranjeros o en un mísero baño, como Joaquín, muerto en su setentez en un baño de Barajas, de un infarto, harto de tanta intriga. Pero intriga de la mala. De la que busca pervertir tiempos, vidas y verdades para alterar el curso de las cosas en propio beneficio. De la que se traen entre manos controladores y gobernantes.

A estas alturas, y más allá de obviedades como las perdidas provocadas en finanzas e imagen, la irresponsabilidad criminal de un reducido grupo de trabajadores, la incapacidad de varios gobiernos para poner en orden este sector, la existencia de diferencias laborales abismales en nuestro país, la falta de solidaridad de unos trabajadores hacia una sociedad en crisis, el precedente de resolver un problema mediante medidas de excepción que limitan derechos o los dramas personales, cabe preguntarse que sillas han quedado más vacías, si la de las torres de control, o las del consejo de ministros. Y es que el oír al vicepresidente (o presidente in pectore, que ya ni se sabe), que el gobierno sabia que esto podía ocurrir, que Rodríguez Zapatero no acudió a una importante cita internacional para hacer frente a una situación extrema que se barruntaba y que el gobierno, casi que provoco la situación para acabar definitivamente con una situación “inadmisible”, causa escalofríos. El conflicto vivido en AENA ha dejado vacía la silla de la confianza en que para el gobierno somos lo más importante. Es tanto como perder el mito del buen pastor. 
El gobierno quería hacer una demostración de fuerza, disimular su debilidad y avisar a quien interese que el gobierno aun esta vivo, pasando de paso la factura a la oposición, por ser la culpable, hace once años, de este lío. Y lo ha hecho en un momento concreto, ese en el que se intuyen medidas de ajuste aun más duras, en el que los parados ven como pierden la última ayuda social, en el que la reforma de las pensiones amenaza con más conflictividad social. Un aviso importante para los sindicatos, que curiosamente no han abierto la boca.

Que pena que esas hemorragias de virilidad no las tenga el gobierno con las comunidades autónomas que despilfarran el dinero, en aeropuertos inútiles por ejemplo, o con las amenazas de Marruecos, por seguir poniendo ejemplos.
Mientras oía estos días a Alfredo Pérez Rubalcaba, me han venido a la mente las crónicas de Plutarco sobre las campañas de Craso. Un avezado general romano de la época republicana, más conocido por su avidez de poder y su habilidad política, que por su capacidad de estratega y su fortuna, que eran amplias, en ambos casos. Cuenta el historiador romano, que tras la derrota de sus legiones en Mimio, ante las hordas de esclavos de Espartaco, y viendo peligrar su estrella ascendente ante el senado, decidió un escarmiento a sus tropas. Un escarmiento tal que no se atrevieran a volver nunca más la espalda a su enemigo, temiendo menos a este que a quien les mandaba. Aplicó para ello la decimatio, un terrible castigo por el que los generales romanos dividían a sus legiones en grupos de diez, eligiendo por sorteo a uno de cada diez, que asumiría en su carne el castigo del colectivo. Elegida la victima, sus compañeros debían dar muerte al décimo con palos y piedras, en un sanguinario castigo, sin honor, rapidez ni piedad, que podía durar horas.

Craso pensó, como muchos gobernantes de su tiempo, que la acción ablandaría voluntades y calmaría ánimos. Apiano, sin embargo, nunca tuvo claro si tal medida conseguiría los fines previstos. Seis siglos después, el Strategikon del bizantino Mauricio advertía que tales medidas bien podían servir, más que para la fidelidad por el terror, para minar el espíritu social, la unión entre convecinos, y la confianza en los mandos que, llegado el caso, bien podrían subordinar a sus subordinados al interés de sus fines.

Hoy, varios siglos después, Barajas huele a decimatio, y cada remodelación de gobierno, y cada acto del vicepresidente, también. Como diría Apiano “duros tiempos en los que la venganza sustituye a la inteligencia”.


Imagen rtve

No hay comentarios:

Comparte en las Redes

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...